» 06-05-2026

¡Juventud divino tesoro…! 2. Jóvenes, maduros, viejos

La vida humana tiene tres fases fases bien caracterizadas. Es decir, nuestra mente encuentra la vida más comprensible si la divide en estas tres fases que considera suficientemente diferentes como para separarlas: la juventud, la madurez y la senectud.  Sobre todo en la mujer en la que la situación prerreproductiva, reproductiva y postrreproductiva están perfectamente marcadas por su desarrollo físico. La juventud -separada en dos fases: la niñez y la infancia queda caracterizada por el hecho de que el humano nace absolutamente inútil para sobrevivir, es decir sin el bagaje instrumental para  llegar a la siguiente fase. Esa invalidez se contrarresta con un instinto de protección que tienen los adultos hacia ellos y que tiñe todas las relaciones entre humanos: la socialidad. Pero el instinto (inútiles pero no del todo) que puede solucionar ese estado de cosas es el de aprendizaje. El niño está dispuesto a aprenderlo todo y a la mayor velocidad posible. Un niño es una esponja. que además de absorber alimentos absorbe conocimientos. La evolución ha hecho que los mecanismos de aprendizaje sean variados (se aprende a aprender) algunos heredados de los animales, es decir instintivos como  la imitación/repetición, juego, gratificación placer/dolor y como propio de la especie la instrucción. Pero la diferencia sustancial es que unos son inevitables, gratificantes (individuales o sociales) y la instrucción es impuesta. Esta situación de dominación (cuidado e instrucción) por parte del adulto hacia el niño enturbia sus relaciones generando una tensión generacional que conduce y facilita la emancipación o por lo menos la equiparación. Para evitar esa tensión los adultos instituyen el deber de respetar a los mayores, así como otras normas (la ley y la moral) que Freud interpretó como el final de la familia patriarcal de un solo macho reproductor, implantando el super-yo. El aprendizaje empuja al niño a la maduración que produce la mutación del niño en su dominador. El que contradice sus deseos. Esa mutación -en la fantasía- es la muerte del padre, el complejo de Edipo, la prohibición del incesto y la aceptación de la ley. Lo que trato de decir es que todas esas fantasías inconscientes y míticas tiene trasunto en la aparición de la especie humana.

El aprendizaje desaforado -supone en los jóvenes- un equilibrio entre causas eficientes (los medios) y causas finales (los objetivos) distinto del del adulto y de acuerdo con la insoslayable necesidad de anteponer la cantidad de conocimientos a su calidad. ¡Todos los fines son posibles y todos los medios están a su servicio! Esa consigna define a los jóvenes. El control de medios será precisamente lo que regule la ley y la moral. El niño es naturalmente trascendente, capaz de alcanzar todos los objetivos… y más allá (y en eso coincide con la mujer que también es naturalmente trascendente en la maternidad). La madurez supone precisamente la adecuación de los fines y los medios. El establecimiento de fines -incipiente y poco perfeccionado en los animales- es uno de los rasgos distintivos de la nueva especie y trae como consecuencia la generalización del consciente (inicialmente ceñido al presente) al pasado y al futuro y la autoconsciencia. Los otros rasgos: la instrucción como transmisión de conocimientos por medios no genéticos: la cultura y la socialización por reciclaje de sentimientos y emociones, completarán el nuevo especimen. Pues bien, el niño no pone límites a sus fines y recurre a cualquier medio para obtenerlos. Y en adecuar esa relación consiste su instrucción (educación) que poco a poco va superando su función de instruir conocimientos para instruir -también- normas y leyes y -desgraciadamente- para acabar adoctrinando como ocurre hoy en día, lo que no facilita que esa instrucción impuesta, difícil y gravosa, sea aceptada por el niño. El niño se acaba cuando se acaba la inocencia, el convencimiento de que los padres instructores no solo son sabios sino también buenos. Ocurre cuando conoce que le engañan porque los reyes magos (Santa Claus) no existen y se presentan como virtuosos cuando los vicios les corroen (empezando por la lujuria) es decir: los niños no vienen de París. 

La especie humana es neoténica: mantiene rasgos infantiles en el ejemplar adulto. Es un fenómeno que se da en los animales cuando las circunstancias no son favorables para que se acceda a la madurez sexual y al comportamiento adulto. Esas circunstancias adversas fueron constantes en la especie y fueron acumulando rasgos infantiles en el ejemplar adulto actual: ausencia de vello, persistencia del juego, retraso de la madurez sexual, y como hemos visto: candor y bondad (inocencia infantil), confianza en el otro… hasta alcanzar la trascendencia: la fe en unos objetivos que trascienden lo natural: la vida eterna, el alma inmortal y Dios, es decir: la religión, un cuento infantil que hemos acabado integrando en nuestra mente. La instrucción/adoctrinamiento se encargó de que la religión y la inocencia infantil (moral) -como comportamiento adulto- fueran neotinizados. 

Lo característico del adulto debería ser la adecuación de medios -socialmente aceptables (libertad, igualdad, fraternidad)- a fines prudentemente asequibles. Pero no todos los adultos aceptaron la norma y acataron los medios  proporcionados para alcanzar los -por otra parte- desorbitados fines. Y apareció la clase de los dominadores, los que tratan de obtener sus hinchados fines mediante medios desiguales: la explotación de los demás. Pero es sabido que la dominación no se puede mantener por la fuerza durante todo el tiempo. Es preciso engañar, establecer unas normas para todos que sin embargo sean transgredidas por los tramposos. Y esas normas son la prolongación del candor y la bondad infantiles, un ideal de vida que se apresuran a avalar los sacerdotes, los militares, los ricos  y los políticos. La guerra surgió de la rapiña, que era la conducta de los guerreros que no querían seguir las normas que dictaban el camino del enriquecimiento admitido. Esperaban a que los excedentes producto del trabajo fueran almacenados, para robarlos. Cuando esta conducta se amplió a los intereses del estado la situación fue la guerra. De hecho el modo de proceder de estos colectivos para engañar fue siempre el mismo: la promesa de un bien futuro mucho mayor: la vida eterna, la riqueza inacabable, el poder absoluto, en definitiva: el paraíso en la tierra. Frente a las enseñanzas éticas que proponían compartir, ayudar, colaborar, cuidar, (en definitiva perder) aparecen las corrientes engañosamente  desigualitarias: Cualquiera puede ser presidente, todos podemos ser millonarios. El capitalismo es un timo, como el de la pirámide o el del “toco mocho” (el billete de lotería premiado). Ofrece a todos lo que solo pueden alcanzar algunos, muy pocos, los más hábiles. Todo consiste en convencer (engañar) a cada uno de que es él precisamente el elegido: si eres un pueblo: el pueblo judío; si eres un grupo: la oligarquía de los poderosos; si eres un individuo: el presidente o el magnate. 

En la vejez de nuevo se reordenan los fines y medios. Ya no se trata de la estabilidad, de la adecuación de fines y medios, se trata de las migajas. Ya no se plantean fines que no sean seguir en el camino, pervivir, sin otro premio que una duración que se mide en cantidad de años y no en calidad de vida. Ya no se plantean medios específicos: lo que sea, cualquier cosa con tal de que no te echen del juego. Y todo ello estructurado en torno al terror a la muerte. La vida es el bien total, el único que finalmente merece ser defendido, perdida toda dignidad y todo decoro. ¿Que ha pasado de aquella trascendencia sin límites del joven y de la trascendencia equilibrada del adulto? Ha quedado reducida a la duración, en las circunstancias que sea, Y los que enarbolan la enseña de la dignidad, de que no todo vale con tal de permanecer, que la muerte es el límite natural de la vida, que la vida es vida… porque hay muerte, son perseguidos y vilipendiados. En otro caso sería la existencia tediosa de quien se aburre soberanamente ante un mundo que es incapaz de sorprenderle, de excitarle, de motivarle y en el que nada de lo que se juega merece la pena. La vida como imposición es tan imposición como cualquier otra. Entre pensar que estamos obligados a morir o a vivir me parece más razonable la primera no solo porque pone en valor la vida sino porque instituye la esperanza. 

El ser humano (masculino), o sea: el hombre, pasa por tres etapas topológicamente distintas, parecidas a las de la mujer pero diferentes en lo ya citado: la mujer es naturalmente trascendente y no participa del afán de trascendencia del hombre que debe construirla porque no está naturalmente dotado de ella. Lo que en el joven es ilimitación en el adulto es construcción deliberada y concienzuda. Solo el hombre es conscientemente trascendente. Solo a él le espera la gloria. Pero tampoco es una bicoca para el joven el caer en la situación de adulto, en la realidad de que la gloria (sea del tipo que sea) debe construirse con el sudor de la frente (Deus dixit), de que la ilimiutación no es tal: la pura y dura realidad. No es de extrañar que enloquezcan en la adolescencia. ¡No es para menos!

El desgarrado. mayo 2026.




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