» 03-08-2022

La muerte de la metafísica 13. Amor, humor, candor, juego. Las anomalías de la metafísica.

Pero la metafísica no es completamente homogénea. Dentro de su seno - sin ánimo de ser exhaustivo- acoge movimientos disidentes (amor, humor, candor, juego) que contradicen sus supuestos. La metafísica los contempla como anomalías que no impugnan la mayor, pero son anomalías que bien podrían haber puesto en tela de juicio todo el sistema. Pero no fue así. La metafísica las ignoró sin tratar nunca de darle el estatuto de elementos que deberían haber alertado de que el sistema metafísico tenía los pies de barro. Habrá que esperar hasta la posmodernidad para que el movimiento fuera seriamente cuestionado, aunque los grandes filósofos, empezando por los fundadores: Platón y Aristóteles, y posteriormente Kant, Hegel le habían dado serios hachazos. Pero veamos esos elementos disidentes.

 

El candor consiste en la presunción de veracidad que tienen ciertos sujetos y dispositivos, presunción que equivale a ser depositarios de la verdad, que de esta manera se hace topológica. La situación arranca del mundo mítico y su reconocimiento de la sabiduría de los ancianos (senado). Es, de hecho, el reconocimiento de la experiencia como verdad, mucho antes de que la lógica se la apropiara. Pero no solo se reconoce la verdad en la experiencia sino que otros sujetos se suman a ese depósito de verdad: los grandes hombres (reyes, políticos, mecenas, chamanes…), cuyo prestigio dimana de su fuerza, su linaje, su magia, o por concesión directa de los dioses. La verdad resulta así personalizada, una cuestión subjetiva. Las manifestaciones de dios no solo se dan en sujetos sino también en objetos. Determinadas formas de la naturaleza se convierten en signos de la divinidad, pero también otras manifestaciones de la fuerza (kratofanías) y lo sagrado (hierofanías) como los meteoros (las fuerzas de la naturaleza).

 

Con la llegada del logos y la irrupción de la metafísica estos depósitos de verdad no desaparecen sino que se consolidan, aún cuando dentro de la metafísica no tienen explicación. Mención aparte merece el relato que es una estructura de verosimilitud merced a las características de que le dotó Aristóteles en su poética: causalidad, secuencialidad, necesariedad, verosimilitud. El relato sigue en el lenguaje los pasos que da la vida y es esa estructura de racionalidad (la ficción de Rancière) lo que le otorga su estatuto de verdad. Por supuesto el relato se constituye mucho antes de que Aristóteles lo sistematice. Pero lo que lo hace singular es que se prolonga en el tiempo, tras la aparición de la metafísica, cuando ya la lógica le debería haber arrebatado su estatuto de depositario de la verdad. La literatura, el teatro y el cine prolongan como arte lo que se originó en la búsqueda de la verdad. Se cumple así el vaticinio de Guy Dabord  (“La sociedad del espectáculo”) de que toda ideología que fracasa se transforma en espectáculo.

 

El humor  es, precisamente, la ruptura de la estructura de racionalidad que supone el relato (y la vida). En el primer caso es un juego de lenguaje; en el segundo es el ridículo de lo inesperado, chocante o chusco. Esa ridiculización se convierte en moneda corriente cuando se trata de criticar al poder (cuyos legitimados son los depositarios de la verdad). El humor no tiene cabida en la metafísica puesto que es i-racional e i-lógico y permite “arreglar” en lo imaginario lo que resulta opresor en lo real (estoicismo).

 

El amor es otra disidencia que se escapa de la metafísica. Su estructura abiertamente i-racional  jamás ha sido caracterizada por nuestro sistema de pensamiento. Su origen se remonta a lo biológico (instinto) y se deposita en los cerebros más antiguos del ser humano (cerebelo), pero se continua en los cerebros sociales (corteza cingulada y mesencéfalo) hasta alcanzar el cerebro racional (cortex frontal). Semejante batiburrillo hace que su caracterización por la metafísica sea imposible. El cóctel de hormonas biológico está específicamente dirigido a crear un vínculo de pareja que facilite la cría de los hijos, lo que no impide que además sea un instituto religioso, social, cultural y de emancipación individual (personal). No se trata aquí de acotarlo sino de denunciar su marginalidad respecto a otras instituciones de la metafísica.

 

El juego también tiene orígenes biológicos. Mediante el juego los animales aprenden a vivir completando el mapa instintual de que vienen dotados. Como el amor pasa por diversas fases cerebrales e institutos. Los cachorros juegan entre sí y el gato juega con el ratón. Platón caracterizó la democracia como la parte de dios, el azar, y de esa manera introdujo el juego en la política. Schiller afirmó que mediante el juego nos hacemos plenamente humanos. En los idiomas sajones jugar, interpretar y representar son equivalentes (jugar es vivir). Se juega a la bolsa y se juega uno la vida. La verdad fraccionaria es equivalente a la probabilidad (azar) y la función de onda que define cualquier corpúsculo, en las física cuántica, es una función estructuralmente probabilística. La metafísica ha sido incapaz de caracterizar el juego, no solo en su forma de verdad fraccionaria sino también como esencia básica de la física y por tanto de la vida.

 

Si algo caracteriza a estas disidencias de la metafísica es su trascendencia de lo biológico a lo individual, pasando por lo social. Lejos de ser esencias, fijezas (ontológicas) son cambio, procesos, evoluciones, devenires. La categoría aristotélica esencial (la sustancia, el ser) para la metafísica, no es significativa en estos casos. La relación, la posición, el espacio y el tiempo son mucho más determinantes y deberá ser desde estas categorías que se definan. Como se ha dicho lo único que puede hacer la metafísica es convertirlas en espectáculo dando por sentado que han fracasado como ideologías o institutos metafísicos.

 

El desgarrado. Agosto 2022.




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