» 09-01-2019

Señoras y señores 20. ¿Bisexuales?

Para Freud la pasión no tiene objeto. Con ello quiere decir que cuando se desencadena la pulsión lo importante no es hacia donde se dirige sino el hecho de satisfacerla. La sabiduría popular se desenvuelve en el mismo sentido: “En tiempo de guerra todo agujero es trinchera”, “Salta a la vista como picha al culo” o “Cuando las ganas de joder aprietan, ni los culos de los muertos se respetan”. El amor propio no deja de ser un amor homosexual y en la pornografía el objeto de la mirada abarca ambos sexos (o, más). En resumen, hay sobradas razones para suponer que somos bisexuales.

 

Socialmente hablando la cosa cambia. La sociedad no acepta la bisexualidad e impone roles heterosexuales bien definidos. Parece que ahora empieza a aceptar la homosexualidad y la transexualidad pero no sin altibajos y retrocesos que están en los noticiarios día a día. La bisexualidad sigue siendo tabú aunque la fascinación por el hermafroditismo, shemales, travelos, etc. y el éxito imparable del futanari (un mundo en el que las parejas lo son de mujer y de shemale) nos hablan de una pujanza notable del tema. 

 

Para acabar de complicarlo la bisexualidad sexual (pasional) no implica la bisexualidad amorosa (enamoramiento), pudiendo ir juntas o separadas. ¡El mundo del género se ha convertido en un festival! Múltiples prácticas como la sodomización heterosexual o la pedofilia (en cuanto se confunde a los niños con las mujeres, causando estragos entre el clero), las prácticas orgiásticas o de intercambio de parejas, etc. se mueven en terrenos confusibles. Muchos pueden ser bisexuales en lo sexual cuando no lo son en lo emocional. La institución del emparejamiento heteronormal tiene implicaciones que sobrepasan el impulso sexual y se adentran en lo social. 

 

La homosexualidad existe entre los animales… incluso duradera. Que la pasión (instintiva) puntual nubla su instinto es evidente. Lo que ya es más complicado es que se convierta en una relación duradera, pero ocurre. Existen casos de pingüinos documentados. En los casos en que las parejas se forman para toda la vida, el que algo se tuerza en el momento de establecer pareja puede tener consecuencias para toda la vida. No tenemos por tanto que pensar en perversiones para encontrar el impulso bisexual humano. Simple y llanamente nuestro mayor abanico de opciones cognitivo, pulsional, consciencial, nos lo pone más fácil. La cuestión es que creo que todos somos potencialmente bisexuales lo que no implica que socialmente aceptemos una elección que la sociedad no ve con agrado. 

 

En la pubertad, cuando las opciones sexuales no están maduras mentalmente, es cuando se suelen producir episodios de bisexualidad (¿o de deslinde?) pero que como en el caso del complejo de Edipo se resuelven renunciando a una de las opciones.  La bisexualidad tiene que superar la tacha de la homosexualidad de una de las dos opciones lo que le traslada una carga social importante (la castración social). Existe un imperativo de heteronormalidad que contempla a los disidentes como homosexuales disfrazados. Y no debería ser así. Más allá de la reproducción de la especie (y probablemente más acá) todos somos libres de escoger la opción sexual que nos colme. De hecho no somos libres. La opción sexual se nos impone, nos manda. Es lo malo de las pulsiones intensas: son irresistibles. 

 

La constitución rebelde de USA proclamaba el derecho a la felicidad. Era ilustrada y oportunista. Las constituciones que vinieron después omitieron ese anhelo. Y sin embargo, la felicidad es algo profundamente relacionado con la opción sexual. Con la posibilidad de desarrollar una sexualidad coherente con nuestros anhelos. Es difícil controlar a un pueblo que obtiene la felicidad al margen de la política. Una política como deber ser (piensan ellos) tiene que proporcionar al pueblo la felicidad. Por ello hubo que cortar los cauces que conducían a una felicidad apolítica. Por eso, desde siempre, el sexo ha sido controlado, dirigido, manipulado por el poder. El ideal republicano ya había extirpado el goce de sus estatutos. Libertad, igualdad y fraternidad. Goces políticos que olvidan el único y gran goce: el sexual. Sade lo sabía y luchó (y perdió) por conseguirlo. No se trata del libertinaje o de la orgía perpetua. Se trata del derecho personal (no social, ni político) al goce, libre de directivas, cortapisas o culpabilidades. Enfermedades venéreas, embarazos no deseados, sida. Parece que dios se alía con los controladores. No es así. Simplemente donde hay un gran placer también hay dolor. Así es la vida.

 

La bisexualidad (y cualquier opción sexual respetuosa con el otro) no es una cuestión de moralidad ni de libertinaje. Es una cuestión de libertad, de libertad frente a un poder represor que quiere detentar el monopolio del goce. Solo hay un límite: la libertad de los demás (eso que la manada no comprende). No es no, pero, sí es sí. No dejes que la dominación te amargue la vida. Con respeto, pero sin pausa. Lee a Sade. No habla de sexo, habla de libertad. Probablemente como nunca nadie lo ha expresado. Por eso se pasó la mitad de su vida en prisión. Las prisiones en las que ahora nos confinan tienen otros barrotes pero no son menos prisiones. No es obligado ser bisexual pero es obligado escuchar a nuestro cuerpo y buscar la felicidad. Si la heteronormalidad te satisface, continúa, pero si algo chirría, explora, investiga, encuentra tu camino. Y si tu religión te lo impide… déjala. 

 

El desgarrado. Enero 2019.

 




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