» 10-05-2026

Bulos 1. Introducción

Vivimos inmersos en la mentira, que se produce desde cualquier colectivo y con resultados variados pero siempre nefastos. La mentira empieza con la instrucción. padres y educadores nos inflaman con cuentos, medias verdades, mentiras piadosas -por nuestro bien- y engaños puros y duros. Mediante la instrucción tomamos contacto con los científicos que no se privan de arrimar su verdad al sol que más calienta (su bolsillo, evidentemente) cuando no imaginar verdades alternativas capaces de helar la sangre. El científico loco y el canalla (el villano ilustrado) son dos personajes sin los que la literatura y el cine no estarían completos. Les siguen los políticos que a la consabida mentira de las promesas electorales (‘¡todo por el voto!) se unen las mentiras piadosas (para evitar el pánico o el desorden o el desánimo) o las mentiras valorativas: ¡no votamos porque la medida propuesta es insuficiente!… como si no estuviéramos acostumbrados a vivir de migajas! ¿A qué niño se le puede convencer de que medio helado es peor que ningún helado? Aunque lo peor seguramente es cuando -aprovechando su posición de presunción de veracidad- niegan el cambio climático, recomiendan el tabaco o el alcohol o sustituyen la ciencia médica por los remedios caseros: la lejía curalotodo. Tras ellos vienen los periodistas obligados a alarmar al público porque lo cotidiano lo anodino no vende, buscando sin cesar al hombre que ha mordido a un perro. Enuncian las posibilidades (sobre todo remotas) sabiendo que serán oídas por los ciudadanos como verdades. Los comerciantes no se quedan atrás. Sus producto mienten por partida doble: en la publicidad alardean de lo que no podrán cumplir y en las etiquetas esconden lo que no tiene perdón. Los blogeros , youtubers e influencer son un codicilo de políticos y comerciantes con tintes de estafadores, que se aprovechan de su julay -que hastiado de los anteriores y su insensatez- están dispuestos a creerse cualquier cosa. Y qué decir de las farmaceúticas (el hijo ilegítimo de los científicos y los comerciantes), capaces de vender opiáceos “inofensivos” para luego vender la cura a la adicción. Su fama de producir ellos mismos las enfermedades no es causal. Se la han ganado a pulso. No hay medicamentos para las enfermedades raras y la especulación en los precios es directamente proporcional a la desesperación del enfermo. Su quehacer lobístico lo hemos visto todos en las salas de espera de los médicos: los visitadores médicos que dan regalos a cambio de recetas. 

¿Y el ciudadano. No es culpable de nada el ciudadano? Sí. Pero su culpa es pasiva, de omisión, no activa como la de todos los colectivos citados. Al ciudadano se le puede acusar de que no cumple con su trabajo (no remunerado) de controlar a los delincuentes enumerados, de no conformar trabajosamente un criterio informado y actuar en consecuencia, castigando con el desdén o el desprecio a los colectivos de delincuentes. Pero ¿cómo formarse un criterio si es imposible saber que es verdad y que es mentira? ¿Cómo actuar si no existen canales de democracia directa? Todos los mentirosos citados tienen canales de comunicación poderosos desde los medios de comunicación a la educación pasando por la publicidad o la democracia representativa. El que está privado de todo medio de influir en la marcha democrática de un país (voto mediatizado excluido) es el ciudadano. Luego vendrá por parte de los políticos aquello de “Habéis vivido por encima de vuestras posibilidades”, “les perdió su afán de hacerse ricos sin trabajar”, “si el desempleo fuera el que se anuncia ya estaríamos en la revolución: todos los ciudadanos trabajan en negro y evaden impuestos”. Es como mandar una carta y echarle la culpa al destinatario de que no haya llegado. 

Los bulos son algo más que mentiras: son mentiras interesadas, dirigidas a un fin, teledirigidas. Y ahí tienen una importancia sin par las redes sociales. Es habitual echar a los usuarios (evidentemente jóvenes) la culpa del poder de las redes sociales. Nos horroriza la pérdida de intimidad que evidencian. Bien. Como decían en un telefilme “la privacidad es cosa del siglo pasado” ¡Entendido! Los jóvenes no quieren privacidad… aunque es verdad que no calibran las consecuencias finales de ese entregarse a una publicidad continua de sus vidas, su derecho a renunciar a la privacidad es inalienable. No es casualidad que las redes sociales más populares estén en manos de conocidos fascistas: Musk, Trump, Zuckerberg, Zhang, Putin, Xiao Ping. Empresarios occidentales y políticos dictatoriales (en el caso de Trump… ambas). Las redes sociales es el camino para dominar la política por otros medios. Los jóvenes las toman como suyas… cuando están en manos del fascismo. Para cuando los políticos se han dado cuenta que las redes sociales los sustituyen (y han empezado a legislar tratando de coartarlas), algunos de sus promotores (Trump, Musk) ya han llegado al poder. Si la política no es capaz de detener su arrinconamiento (y es de esperar que en breve empiece una campaña feroz) el sistema bipartidista (y los propios partidos políticos) pasará a la historia. Trump ya es un independiente -aunque bajo el paraguas republicano- por cuyas consignas políticas ya ha mostrado su desprecio). Las redes sociales son la última adaptación del capitalismo (en este caso el supercapitalismo de los millonarios) a las circunstancias cambiantes. Tras el contubernio ultraliberal de Thatcher y Reagan con los gestores político-financieros, ahora viene la toma del poder dictatorial por parte de los ultramillonarios, y en este caso ultra no solo quiere decir: más allá de la inmensidad de dinero, sino también más allá de la democracia.

Es evidente que Trump es un payaso y que muchos de los que persiguen lo mismo que él no están de acuerdo con sus métodos ultraindividualistas y -en muchos casos- zafios y cortos de miras. Pasará a la historia tal y como lo hicieron Hitler/Mussolini/Franco/Hiro Hito, como mesiánicos, iluminados, sanguinarios,  enloquecidos de poder dictatorial. La verdadera vanguardia del fascismo -la que vendrá a continuación- será menos visible, menos aparatosa, pero más efectiva. Aún así, conservara la impronta de las redes sociales, del autocontrol voluntario de los ciudadanos inmersos en una mentira global: la de la libertad, igualdad, fraternidad y democracia. Trump descuida las formas como todos los dictadores ebrios de poder… y eso no lo pueden consentir aquellos que lo que buscan es el poder en la sombra. Es fácil que Trump muera en uno de esos atentados que caracterizan al pueblo americano: ¡irresolubles! y del que, los que hasta ahora se han producido, solo son el marco en el que entender el magnicidio necesario. Probablemente, ocurrirá en cuanto anuncie que se presenta a un tercer mandato tras pasarse al Congreso por el culo y cambiar la constitución. ¡Hay que recuperar al pueblo para la política! Jamás tuvo tanto sentido la democracia popular, esa que reside en el pueblo pero que prescinde del pueblo para su ejercicio. Probablemente los partidos políticos (fosilizados en su ambición conservadora de poltronas) sean incapaces de lograrlo. Es el camino marcado por el alcalde de NY el que tiene más visos de ser seguido, porque ilusiona a los jóvenes y sin ellos no habrá democracia. La próxima revolución la liderarán los políticos independientes porque independencia quiere decir salirse de los corruptos canales establecidos. Pero tampoco esperéis bondad y verdad. ¡Son políticos y dan para lo que dan! En estos momentos con cierta viabilidad de la democracia nos daríamos por satisfechos. Continuará

El desgarrado. mayo 2026




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