» 02-01-2026

El fascismo que viene 1. Cine y fascismo

Decía Ortega y Gasset que el fascismo no es una ideología sino una praxis y que como tal no podía ser analizado ni equiparado a las ideologías dominantes. De hecho el fascismo desprecia las ideologías y ensalza los valores castrenses como el valor, el honor, la gallardía, el coraje, el patriotismo, y la muerte (de hecho, los de la legión, son sus novios), etc. El fascismo y el militarismo tienen amplias zonas de coincidencia aunque también las tiene con la religión católica (la buena, la fetén: la católica). Ama el orden natural, la jerarquía, el control, la tutela de esos pobres ciudadanos esclavos de sus pasiones y deseos y siempre dispuestos a subvertir el orden natural de las cosas. Son conservadores (de los derechos adquiridos históricamente) y por tanto, enemigos de la revolución. Dios estableció la jerarquía:  el hombre sobre las mujeres, los colonizados (de diversos colore y razas), los altersexuales, los animales y la naturaleza con precisas excepciones como la cría de toros bravos y la caza como regulador de la vida animal. Valores todos ellos residentes en el sistema límbico es decir, una parte arcaica de nuestro cerebro. Porque el fascismo desprecia la modernidad. Está convencido que cualquier tiempo pasado fue mejor -y el franquismo- sin ir más lejos que un siglo. Pero también en la presunta evolución de las especies sensiblemente contradictoria con los libros sagrados de la religión, pero que muestra como las etapas anteriores (incluso biológicas) fueron mejores que las actuales, lo que justifica la animalidad del ser humano. La modernidad es el aborto, la eutanasia, el matrimonio ampliado, la igualdad de las mujeres (con los hombres… ¿con quien si no?), los logros laborales, los derechos de los animales, el respeto por el medio ambiente, por los altersexuales, por los alterconfesionales, por los otros alterétnicos (los colonizados), y la emancipación en general, el desorden, el libertinaje, la anarquía. Prefieren la monarquía a la república y la dictadura a la democracia pero sobre este tema prefieren no hablar, dada la mala prensa que adquirieron los fascismos históricos como el nazismo, el fascismo italiano y el nacional-catolicismo español. 

Como no es una ideología no es fácil plantearlo teóricamente. Fue Habermas quien tras la desaparición (sic) del fascismo (nazismo) en Alemania, estableció cinco puntos por los que se podía identificar: 1) La patria como jerarquía natural superior al individuo, escalonada en la familia, el municipio y el estado. La patria no es una institución sino un organismo que sustituye a la sociedad civil. La patria es madre y familia por quien se derrama la sangre si es preciso. (Guzman el bueno y el general Moscradó -entregando a sus hijos en defensa de su patria-) ilustran perfectamente esta jerarquía. 2) Un análisis -sesgado hacia el conservadurismo y la derecha política- que nos muestra una modernidad corrupta, descreída y rebelde indicando como solución el retorno a los gloriosos tiempos pasados en que el hombre (el macho) reinaba sobre mujeres,  colonizados, altersexuales, reduciválidos, animales y el mundo en general y la palabra de dios mostraba el inequívoco camino a seguir. 3) La violencia como única posibilidad de enderezar las cosas, como único procedimiento de gestión ante un pueblo corrupto y desmadrado. 4) La acción como alternativa a la reflexión (la teoría). La recuperación del instinto, el cuerpo, lo natural. El coraje como impulso, el valor como insignia, la gallardía (el orgullo del valor) como marca de hombría, el honor como justificante último de cualquier acción. 5) el pragmatismo. La conciencia de que el fin justifica los medios, la resolución de los problemas por cualquier medio y -en especial- mediante la violencia. 

Si analizamos el fascismo en grados (cuantas de esas cinco premisas son aceptadas por las ideologías en curso) nos encontramos que la mayoría se encuentran entre 2 y 4, es decir entre el 20 y el 80% de fascismo. El fascismo no es una anomalía. Está enraizado en lo más profundo del cuerpo de los humanos. Todos somos fascistas en mayor o menor grado y la empresa de erradicarlo es un trabajo continuo y constante al que no se le puede conceder tregua alguna. No se trata de luchar contra los “otros” (esos otros tan arraigados en el propio fascismo) sino -también- contra nosotros mismos. Y de ahí la simpatía involuntaria que nos produce nuestra concordancia con sus premisas. Lo que está en juego es si somos civilizados… o biologistas arcaicos. Si nos conformamos con algún estadio anterior de nuestra evolución  desde los monos o -por el contrario- entendemos que la humanidad es un camino y no un punto de llegada y que -por tanto- estaremos mejorándolo, toda la vida de la especie. Y esa autovigilancia de nosotros mismos, siempre al borde del abismo, es imprescindible. Al fascismo no se le vence sino en batallas diarias y continuas. El fascismo como destino estará siempre ahí, acechando, esperando nuestro descuido o nuestro triunfalismo. 

Hoy estamos sufriendo un repunte mundial como jamás se había visto. La insensatez de las políticas ideológicas, la corrupción de sus representantes, la reducción de derechos adquiridos, la virtualización de la democracia lleva al pueblo a creer, no solo que el fascismo es una ideología democrática (por las urnas) más, sino una alternativa posible a los desastres de las políticas ideológicas. No otros que los políticos, son los culpables de la desafección de los ciudadanos por la política. No solo no provoca atracción sino un declarado rechazo cuando no una reacción nihilista de castigo o de represalia. El fascismo -hoy- es el resultado de los desmanes de los partidos políticos democráticos (sic). Pero la reacción que estamos teniendo (abolida la revolución por la propiedad privada) es contraproducente. ¿Donde están los líderes que deberían guiar al pueblo por el camino de la libertad y la igualdad? No existen. Ni están ni se les espera. Pero conducir la sociedad al fascismo de ninguna manera mejorará las cosas. El camino hacia la libertad y la igualdad ha sido extremadamente duro y cualquier retroceso requerirá -para ser recuperado- mucho tiempo y muchas vidas. Muchos ciudadanos votan al fascismo (la extrema derecha) afirmando que ellos no son de extrema derecha y mucho menos fascistas, y lo dicen convencidos, intoxicados por la propaganda. En democracia un partido antidemócrata puede presentarse a las elecciones para -previsiblemente dado el ejemplo de los fascismos históricos- acabar con la representación democrática (las urnas) en cuanto accedan al poder. Y entonces no habrá vuelta atrás. Como los británicos embaucados por sus políticos para salir de la UE: cuando las consecuencias se muestran nefastas, no hay posibilidad de reversión pues solo las urnas permiten cambiar los equipos de gobierno. Estamos al borde del abismo y una decisión poco reflexionada nos puede conducir a un desastre irremediable. No muy diferente al que ya tenemos, pero irreversible. Apoyar al fascismo es perder la esperanza de reversión.

Hay muchos estamentos que añoran el fascismo. Los conservadores para consolidar sus posiciones de poder económico (riqueza) o político (poltrona), Los tradicionalistas para recuperar tiempos pasados de predominio de Dios o de las buenas costumbres, el imperio de la ley “natural”. Los machistas (es decir: todos los hombres y muchas mujeres) tratando de conservar una esfera de poder genérico extrapolítico y extraeconómico. Los racistas empeñados en la pureza de su raza y la destrucción de las otras. Los colonizadores, los pertenecientes a minorías infrarrepresentadas en las instituciones (taurinos, cazadores, cornudos, radicales, conspiranoicos, terraplanistas, negacionistas, etc.). Todos ellos proceden a una continua intoxicación informativa para que las premisas fascistas aparezcan como inocentes propuestas alternativas (en el mismo nivel) que la propuestas ideológicas. Y para mostrar esa intoxicación empecemos por el cine.

Veo “The equalizer 3” (el “3” me llevó a pensar que me estaba perdiendo algo consolidado). Equalizer, significa literalmente: igualador, homogeneizador, compensador. Es la historia de un justiciero (a través del asesinato, por más señas) que se dedica a erigirse en juez y ejecutor de lo que cualquiera consideraría una situación de profunda injusticia (un pueblo/nación sojuzgado por la mafia). Evidentemente utiliza la violencia (sádica, diría yo) para liberar a ese maravilloso pueblo (Altomonte: una joya de tipismo y tradición) de sus opresores. Y para ello utiliza la acción (el asesinato) y el coraje (se atreve a hacer lo que no se atreven a hacer las autoridades… por lo demás: corruptas)… después de una análisis personal de la situación no avalado más que por su propio criterio y su defraudante experiencia en las cloacas del Estado: la CIA.. Evidentemente -de nuevo- el buen fin justifica los escandalosos medios que emplea para conseguir su objetivo. El pueblo -bello y virtuoso- es de esta manera emancipado, para que se restablezca el orden natural de Dios (presente en forma de larga procesión) y lo poderes institucionales como únicos legitimados para sojuzgarlo. En definitiva: cinco de cinco. De los cinco puntos o grados del fascismo, esta cinta alcanza el máximo. Y añadiría un sexto que Habermas no pudo considerar en su análisis, pues se trataba de la primera gran aparición del fascismo: la hipocresía. Hoy el fascismo debe enmascararse para no encajar en los clichés que ya se han establecido sobre su carácter: debe aparentar democracia (respeto a las urnas) y causa justa. Debe incluso parecer que la violencia y el desvío de los procedimientos penales están justificados, y -como no- la vulnerabilidad de la víctima-. que hace, todavía más atroz, el atentado contra el inocente pueblo: los niños aterrorizados por la violentación de sus padres.  Y así -envuelta para regalo- se nos administra nuestra ración diaria de intoxicación para acostumbrarnos a aceptar el fascismo como algo necesario y natural… sin tan siquiera nombrarlo.  ¡Quien nos defenderá de nuestros defensores!

El desgarrado. Enero de 2026




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