| » 20-04-2026 |
“En el segundo trimestre del SXXI se produjo el sueño de Fukuyama acerca de el triunfo del (ultra)liberalismo” pero no fue a raíz de una catástrofe característica como la aparición de las bacterias aeróbicas, la caída de un gran meteorito o el diluvio universal . Ni tan siquiera la caída del muro de Berlín que había dividido el mundo liberal del mundo comunista durante 50 años. No. Fue por un goteo de acontecimientos que a modo de conjunción astral se sumaron para producir la gran mutación, el advenimiento del fascismo, el triunfo de la ultraliberalidad -definitivamente aparcada la libertad- y, como no, la desaparición del comunismo/socialismo como ideología de masas. A continuación desgranaré -a mi parecer- esta granada que ha resultado ser una granada de mano. Los acontecimientos son:
1. El fin de las ideologías. Las ideologías nacen como una manera de ampliar la familia natural, cuando la necesidad de fortalecer los lazos de colaboración social se hace inexcusable. Los lazos que unen a la familia nuclear son el amor: amor atracción sexual horizontal entre los cónyuges y amor-cuidado vertical entre padres e hijos. Los sistemas de parentescos antropológicos amplían estos lazos a la familia extendida, pues el límite de una tribu (caracterizada por sus lazos parentales) no pasaba de los 200 integrantes. Lo que resultaba insuficiente para acometer grandes obras como la arquitectura monumental o las infraestructuras. Y así aparece la ideología: lazos de afinidad, de convergencia o de simpatía que propician tratar a los extraños como si fueran de la familia. Los clanes, las prácticas religiosas, la identidad racial, geográfica, tradicional, la profesión, etc. constituyen estos lazos que -en una situación urbana- (en la que ya es imposible conocer a todos los componentes), unen a los individuos en facciones. Las clases sociales son también importantes pero posteriores a estas primeras manifestaciones de la ideología. Se suele fechar la estabilización de las ideologías en el siglo V adc con el decreto de Clístenes que rompe las asociaciones parentales (convertidas en caciquiles) imponiendo una división de la ciudad por barrios (de composición heterogénea respecto a la parentalidad), geométricamente establecidos (zoning), que suele asociarse también con la aparición de la democracia.
Las clases sociales establecen una división por la riqueza, lo que en una situación urbana tiene toda la lógica. Estas clases adineradas (los sacerdotes por los diezmos y primicias, los soldados por la rapiña, los gestores por la corrupción y los artesanos por la habilidad) constituyen la clase de los conservadores, es decir los que procuran que nada cambie para que sus caudales estén a salvo (Lampedusa). De esa manera nace la ideología política, sin otro sustento intelectual que el conservadurismo, la tradición, la dominación. Los ilustrados -los que aspiran al conocimiento más que al confort- son la “oposición” a esa clase privilegiada. El resto, el pueblo, son eso: un resto. Algo sin estatuto y sin ideología, meros espectadores de la historia. Con el tiempo y la tecnología (exponente máximo de la sabiduría y la ciencia) grandes sectores del pueblo acceden a posiciones desahogadas: obreros especializados, comerciantes, etc… aunque no se trata de una sociedad abierta. Los científicos y los artistas -por ejemplo- funcionan por el sistema de mecenazgo, es decir, de la caridad de los poderosos. Cuando la religión se encarama al estado, el progreso se detiene al priorizar el alma al cuerpo. De hecho es una forma de dominación como habían sido las anteriores. El feudalismo propicia una oligarquía que forzara el poder absoluto del monarca a aceptar el Parlamento y la Carta Magna (Constitución), Parlamento en el que se diferencian dos clases: los aristócratas (Lores) y una clase emergente de comerciantes, religiosos y artesanos -por supuesto- ricos (Comunes, Torys). Gracias a la escritura el Renacimiento recupera la ciencia del mundo antiguo y Dios empieza (tímidamente) a ser desplazado de su posición principal de eje de la sociedad. La burguesía (una clase media entre los obreros y los dignatarios) empieza a presionar para hacerse un puesto en la jerarquía del Estado. A finales del siglo XVIII los colonos ingleses se separan de la metrópoli constituyendo la república de USA. El pueblo en armas se levanta contra el rey Luis XV en Francia, le corta la cabeza e instaura la república. Por entonces, la revolución industrial ya estaba en marcha. Aunque la revolución la sostiene el pueblo, son los burgueses los que la incitan. Esta clase media ilustrada emergente se configura como de ideología liberal (para diferenciarse de los conservadores)… porque luchan contra el poder absoluto del monarca.
El SXIX alumbra la lucha obrera con Marx como ideólogo del socialismo, la primera ideología política científica, paradójicamente impulsada por los menos ilustrados: los obreros del pueblo. Los trabajadores (laboristas) conforman la nueva ideología parlamentaria con los mismos objetivos que los liberales burgueses: acabar con la dictadura de los aristócratas y los conservadores. Pero los burgueses no quieren que se les asocie con los descamisados (sans coulotte) y se aproximan a los conservadores frente a la amenaza de los socialistas. El fin de siglo alumbra el voto universal (es decir: masculino) dado que-en un mundo absolutamente dominado por los hombres- las mujeres no forman parte del universo. La ideología de los trabajadores -profundamente intelectualizada por sus ideólogos- explota en cientos de tendencias. Los liberales se alinean con los conservadores, justificando su título por la oposición frontal al Estado centralizado (que empieza a apuntarse como el estado burócrata comunista) y adoptando una ideología económica. La riqueza siempre aparece como la razón última de la ideología. El impulso ilustrado -que nació con la revolución francesa a finales del SXVIII y con el punto de mira puesto en la monarquía absoluta- eclosiona en el SXX con el “Estado del bienestar” y las democracias parlamentarias constitucionales, pero con los pies de barro. La democracia (el gobierno del pueblo) es una pantomima de la que se excluye al pueblo radicalmente (negándole los canales de acceso directo y reduciendo la participación a un voto mediatizado). La representatitividad se convierte en exclusión de facto, manejada por unos partidos políticos que desdibujan el valor del voto hasta “domesticarlo”. El capitalismo burgués y liberal se convierte -de la mano de la tecnología- en “ideología” que explota a los obrero/as y a los niños. De hecho es más una metafísica de la posesión en vez de ontológica… con lo que eso supone de revolución. El concepto de alienación acuñado por Marx define perfectamente el destino de estos trabajadores cuyas plusvalías generadas por el trabajo son enteramente recogidas por los patronos, condenados a la miseria de por vida, en un marco de opulencia: la desigualdad.
La alfabetización precede a la formación superior universitaria del pueblo en el impulso ilustrado de un pueblo culto y responsable, conocedor de su situación y su realidad, canalizado por una educación pública y gratuita. Pero los partidos políticos lo emponzoñan todo y ese afán pedagógico se convierte en adoctrinamiento político. La escuela y la universidad son núcleos de adocenamiento. El consumismo -que empieza por la integración de los obreros como consumidores- y desemboca en la compulsión al consumo mediada por la publicidad y la intoxicación cultural e ideológica, obliga a que los excedentes económicos ahorrados por el pueblo sean inmediatamente reinvertidos en el sistema. El deterioro político (corrupción) propicia la aparición de seudo ideologías mesiánicas (populismos), singularmente el fascismo, lpero también catástrofes como a segunda guerra mundial y su solución mediante el holocausto nuclear. En los años setenta cuando las libertades individuales -singularmente la sexual- alcanzan su máximo, el estado del bienestar alcanza su zenit, suponiendo un punto de inflexión. Los gobiernos de Reagan y Thatcher instauran el ultraliberalismo con el contubernio de los capitalistas con los gestores de lo público (políticos), de las sociedades anónimas (grandes directivos societarios y comisionistas) y de la gestión económica (especuladores). Su fin es el desmantelamiento del estado del bienestar, del Estado como árbitro de la economía, la privatización del Estado, la sanidad, la educación, los derechos sociales (seguro de desempleo, jubilación, subsidios) incluida la policía y el ejército. La corrupción se desboca y la desafección del electorado hacia los políticos se convierte en norma. El pueblo -en la peor decisión de su vida, embrutecido por el adoctrinamiento y engañado por la intoxicación- decide desligarse de la política, es decir, del único control al que se puede someter a los políticos.
El desmadre es tal que los capitalistas deciden tomar cartas en el asunto, es decir, las riendas de la política, desplazando a los partidos políticos: el gobierno de los millonarios. Una vez privatizado el Estado el paso siguiente era convertirlo en una empresa rentable… para quienes lo controlen, y así lo hacen. Hoy, Trump, es el ejemplo viviente de esta estrategia. El Estado es una empresa cuyos únicos objetivos son económicos para sus gestores. Al borde de la desindustrialización laboral que supone la robótica, el estado -lejos de redistribuir la riqueza y fomentar la igualdad- está empeñado en una cruzada para explotar al pueblo (quizás aniquilarlo) y para enriquecer a sus gestores. Y todo ello ha sido posible gracias a la resurrección del fascismo consecuencia de una seudodemocracia y de una corrupción desmedida. La sociedad ya no es una empresa común sino una colección de individuos que tratan desesperadamente de hacer valer sus razones y pasiones para sojuzgar a los otros y tomar el poder. Y esa jungla es el fascismo: análisis sesgado, patria (raza, territorio, dios, costumbres), violencia (el poder de la fuerza bruta), utilitarismo cortoplacista (contingencia) y valor, honor, coraje (irracionalidad) son las características que Habermas adjudica al fascismo, una seudoideología biologista, jerárquica, militarista, tradicionalista (cualquier tiempo pasado fue mejor… sobre todo para los conservadores) y meapilas.
En definitiva es el fin del ideal social. Si la humanidad avanzó fue por la exportación de los ideales sociales de la familia nuclear al resto de la sociedad. La sociedad no es un resultado de la unión de diversos individuos sino una unidad holística de la que las partes son despojos. La ideología es el aglutinador que la hace grande y su desaparición en un reino de Taifas, en una guerra de todos contra todos, en un individualismo insufrible, es el fin de la empresa humana. Cada individuo se constituye en ideólogo y pensador único capaz de enfrentarse a las opiniones de la comunidad científica (por otra parte vendida al oro capitalista y belicista) sobre temas complejos como la evolución, el terraplanismo, las vacunas, el género jerárquico o el calentamiento global, que reinventan desde la conspiranoia y la soberbia del “sentido común”. El desprecio por la política es entendido por la clase política como la oportunidad de campar por sus respetos en total libertad de robar y corromper. Y a eso responde el fascismo con la fórmula mágica de las soluciones elementales populistas (entendido como la doctrina de decir al pueblo lo que quiere escuchar) lo que se aviene con sus prejuicios supremacistas de raza, patria, costumbres, atuendos, usos religiosos, etc. Hemos perdido el norte social y sin esa brújula ideológica no somos nada. La ideología aglutinante ha estallado en millones de individualidades, cada una con su propia ideología personal es decir: sicológica. Y por eso vamos a desparecer, porque el logos ha resultado un callejón sin salida y como la evolución ha hecho con todas sus vías fallidas (5000 millones de especies desaparecidas a lo largo de la evolución) es lo que toca. Nos cabrá el orgullo de ser la primera supernova (y única) artificial del universo. ¡Ahí es nada!
El desgarrado. Abril 2026.