» 08-05-2026

Reflexiones políticas 7. El nuevo orden mundial. La verdad (formal) y el precio (la verdad material).

Podría parecer que son dos conceptos alejados pero no es así. El precio pertenece a la economía (la utilidad) y es el equivalente material universal del valor. La verdad pertenece a la exactitud lógica y es el equivalente formal universal del valor, de la implicación o causalidad lógica. El valor de una afirmación es su verdad así como el valor de una mercancía es su precio en dinero (o en especies). Antes del dinero las mercancías se cambiaban por otras mercancías o por servicios (trabajo, medios de producción, etc.). El capitalismo se fundó cuando el dinero pasó a ser una mercancía más, que iba al mercado y se comparaba y se vendía. Y esa fue una invención de la burguesía, una clase emergente que trataba de hacerse un hueco entre los aristócratas y los protogestores: militares y clero. Mientras el comercio fue artesanal (el vendedor era un artesano de la venta más capaz en cuanto era capaz de vender más… con la ayuda de dios), el precio fluctuó pues no era algo que pertenecía a la mercancía sino a la habilidad combinada de vendedor y comprador. Era el regateo, una especie de subasta entre dos voluntades hasta llegar (o, no) a un consenso: el precio justo, el valor conveniente para las dos voluntades. El valor no estaba previamente fijado sino que se fijaba por convenio. En ese mismo tiempo la verdad residía en la habilidad argumentativa de los sabios (o en la experiencia de los ancianos) y en la manifestación de lo sagrado en los lugares. Era la verdad topológica, la verdad del mundo mítico. pero antes hubo otra verdad y otro valor material.  

La ley de la oferta y la demanda lo que nos dice es que el valor reside en la escasez de la mercancía, no en ella misma, sino en la circunstancia de ser única o escasa. El valor se acuñó en esta situación, en el que el precio lo fijaba unilateralmente el vendedor porque poseía un artículo único u original de tierras inaccesibles. Como máximo se procedía a una subasta en la que los interesados competían entre sí (y no con el vendedor) para fijar el precio. El equivalente de la verdad en este caso es la verdad revelada, la verdad que poseen los sacerdotes por delegación divina. De hecho ellos son -mediante los diezmos y las primicias- los primeros comerciantes, los primeros en acumular excedentes que ponían en el mercado para cambiarlo por otras mercancías pues al no producir tampoco podían calibrar el monto de cada tipo de mercancía vital. Podríamos decir que vendían servicios (magia, curandería, adivinación… vida eterna) a cambio de mercancías. Estamos en la era de la verdad y del valor absoluto, ajeno al hombre, procedente de Dios. 

Cuando el comercio sobrepasó la fase artesana para hacerse industrial (¡el tiempo es oro!), el precio debió sufrir un cambio de posición y dejo de residir en la habilidad del binomio comprador/vendedor (subjetivo) para pasar a residir en la mercancía: el precio único, el precio objetivo, una calidad más del objeto: ser barato (signo de utilidad) o caro (signo de distinción). Es entonces que surge la diferencia entre el valor de uso y el valor de cambio, el valor de la necesidad y el valor de la posibilidad. Las cosas no solo entran en el comercio para satisfacer necesidades sino que pueden ser objeto de especulación. La especulación es la intermediación entre el vendedor y el comprador (hoy les llamaríamos mascarilleros). Alguien que compra barato y vende caro exclusivamente por el beneficio de la diferencia. Alguien para el que la mercancía no es un fin sino un medio para obtener el verdadero fin que es el beneficio. Evidentemente el dinero debía ya haber sido común pues de otra manera las transacciones serían demasiado trabajosas. O por el contrario el dinero fue la consecuencia de materializar un beneficio que no consistía en la utilidad de la mercancía. La especulación tiene su correlato en el mundo de la verdad en la retórica, que usa la verdad no como fin sino como medio de obtener un beneficio instrumental diferente de la posesión de la verdad: su manipulación. Con la retórica los argumentos no son el medio de alcanzar la verdad sino el medio de manipularla, de tergiversarla, de cambiarla. En vez de cambiar las cosas para que se aproximen a la verdad se cambia la verdad para que coincida con las cosas (¡la coincidencia con la política no es casual!). La dialéctica de fines y medios, de causa eficiente y causa final, cobra una nueva dimensión. 

La verdad y el precio han corrido paralelos a lo largo de la historia. El precio absoluto (fijado por Dios, por sus representantes por su originalidad remota o por su escasez única), -residente en las circunstancias que lo rodean- da paso al precio topológico residente en los sabios y los lugares sagrados.  Pasó a residir en la habilidad artesanal del binomio vendedor/comprador en el regateo para fijarse en el objeto, en la mercancía misma cuando se supera la fase artesanal del mercado para instituir el mercado industrial, para finalmente transformarse en especulación, en la oportunidad de los medios frente a la materialidad de los fines. El precio fluctúa en lo supramercados mientras se ha solidificado en la transacción cotidiana, que no es en definitiva precio fijo, sino que depende de los supramercados a través de la inflación y las crisis financieras. La fijación del precio recae en el más alto nivel, excluyendo a los sujetos del comercio. El camino de la verdad ha sido parejo (por cuanto ambas son verdades). verdad divina revelada, verdad topológica, verdad-habilidad de los profesionales del argumento, verdad retórica (especulativa) y verdad relativa, fluctuante, sin soporte fijo alguno. Verdad que reside en el circular, en el movimiento. ¡Es el mercado, amigo! Dijo Rato.

¿Estoy equiparando el conocimiento a la economía? Si consideramos la economía como una metafísica del valor material, de la posesión (categoría aristotélica) -en vez de la sustancia (metafísica tradicional)-… sí. Si aceptamos la verdad aproximada, la tendencia, la utilidad, material, probabilística en vez de la verdad absoluta, monolítica, objetiva, formal… sí. Ello explicaría la extraordinaria importancia que la economía ha cobrado en el mundo y en la política actual. Hoy una empresa vale por su capacidad de mantener empleos. Los bancos (empresas financieras) valen por el derecho de los ahorradores a que se le devuelva su dinero (¡demasiado grandes para caer!), las empresas se valoran en Bolsa por criterios especulativos, es decir, si son capaces de dar beneficios a los especuladores.  Es decir, tal como dijo Marx la sociedad comercial es el equivalente universal de la sociedad; la mercancía es el equivalente universal del intercambio; y el dinero es el equivalente universal del valor (es decir: ¡de la verdad!). La mercancía ha dejado de ser un fetiche para convertirse en una máscara (así, sin diminutivos sonrojantes). El capitalismo no es una teoría económica o política (el ultraliberalismo), es una metafísica que, hoy, ya ha sustituido a la metafísica tradicional. ¡El becerro de oro ha -por fin-. sustituido a Dios! ¡Estos judíos… se las saben todas!

La verdad discursiva, deductiva/inductiva, exacta, ha fracasado -no en sus logros tecnológicos pero sí en su fundamentación epistemológica- y la verdad recursiva, abductiva, útil/aproximada la ha sustituido disfrazada de ideología político/económica. Y Marx ha sido sacrificado porque fue el que denunció que el emperador estaba desnudo. El nuevo orden mundial no es el que se está dirimiendo en el estrecho de Ormuz, sino el que se cumplirá cuando el laborismo (el partido de los trabajadores) desaparezca a manos del fascismo capitalista. La profecía de Fukuyama está a punto de cumplirse y el pragmatismo fascista a punto de hacerse con el poder mundial. Y será irreversible. Los años setenta del SXX fueron el cenit de la civilización (entendida igualitaria). Desde entonces estamos en la bajada que nos conducirá a las cavernas. ¡Fue bonito mientras duró!

El desgarrado. mayo 2026




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