| » 24-03-2026 |
Nos autodenominamos animales racionales, dotados de entendimiento, una peculiar facultada que nos hace analíticos, especulativos y en definitiva razonables. Y sin embargo no nos entendemos. Y entre diversas variedades de desentendimiento la que se produce entre géneros es especialmente significativa. Dejamos de lado las cuestiones formales que hacen que tengamos que hablar el mismo idioma e incluso la misma variedad dialectal geográfica o de clase. En cualquier conversación hay un contexto semántico, un determinado enfoque o punto de vista que condiciona las palabras y las frases que decimos. Lo solemos llamar “sentido” y a menudo reconocemos que lo que es verdad en un sentido no lo es en otro. El propio lenguaje utiliza la misma palabra con distintos sentidos de acuerdo a ese punto de vista, lenguaje gremial o “sentido” en el que hablamos. No es imposible que hablando con aquellos con lo que compartimos idioma surjan problemas semánticos geográficos como el caso de “coger” y “concha” para los argentinos. El uso reiterado produce desviaciones locales y para eso se crean las academias de la lengua, para unificar esas disidencias… o darles carta de naturaleza. El idioma lo crea el uso y por tanto el pueblo es soberano. Los detentadores de la cultura defienden la pureza del idioma o su evolución poniéndose del lado del que manda o del que colabora. De esta manera la dominación entra en el lenguaje distinguiendo los cultos de los zafios, colaborando a la distinción de clases. El idioma inglés no tiene Academia de la lengua pero el idioma no lo controla el pueblo sino las grandes universidades a través de sus diccionario (Oxford, Cambridge). Es la misma diferencia que se establece en el Derecho de código o de precedente, de dogma o de uso, aunque -al final- la dominación de la clase cultivada se produzca irremisiblemente.
Siguiendo a Kuhn podemos decir que existen distintos paradigmas o consensos generalizados (pero nunca exhaustivos) que determinan los “sentidos” que aplicaremos de acuerdo a los distintos campos o particiones de lo sensible que utilicemos. Es algo como el sentido común docto, aunque presente también aspectos pop, como las palabras de moda o la contaminación de las jergas, de las que la juvenil (la necesidad de un idioma propio, distinto del “antiguo”) es de los más importantes. Y esos paradigmas van cambiando de acuerdo al conocimiento científico que trasciende a lo popular (por la intensificación en el uso) de modo que la comprensión de los textos antiguos presenten una dificultad añadida. En la actualidad se habla mucho más rápido que antaño favoreciendo las mutaciones de dicción por el uso. Nuestro cerebro “percibe” lo que se le dice de forma bastante aproximada. Unas pocas consonantes son reestructuradas en nuestra mente -que añade la expresión corporal, el diccionario integrado, un cálculo diferencial por procedencia geográfica o de clase, o la búsqueda de un sentido de acuerdo a la situación, etc.- hasta encontrar un significado convincente. “Construimos” lo que escuchamos. Aún así, los equívocos se producen. Como todos los sordos echamos al interlocutor la culpa de la falta de corrección, es decir presumimos su torpeza en vez de achacarlo a la transmisión. Poco a poco la idea de que los demás son idiotas se afianza en nuestra mente.
Pero no es de estos sesgos (formales y no tanto) de lo que quiero hablar, sino de la imposibilidad de comunicación por inexistencia de un contexto semántico adecuado. En pocos minutos nos acostumbramos a los giros y palabras distintos que utiliza un interlocutor nuevo pero ¿nos acostumbramos también a contextos mentales diversos, a formas distintas de pensar? El uniformador generalizado es el “sentido común”, un abanico de ideas, tópicas, formas de pensar, principios lógicos que constituyen un idioma universal. Como todo lo que aspira a la generalización no queda otra que simplificarlo rotundamente. Así como otras grandes abstracciones, -como el número (abstracción de la cantidad) o la definición/concepto (abstracción del significado), el dinero (abstracción del valor), etc.- el sentido común abstrae el entendimiento universal. Y como he dicho, a costa de su simplificación exponencial. La simplificación es la herramienta del entendimiento -de un universo enormemente complejo- de modo que pueda caber en nuestra mente, pero es también la consecuencia de nuestra necesidad de entendernos, de intercambiar ideas. Acción y efecto, verbo (cópula) y predicado confundidos. La destrucción de las proposiciones lógicas cuyos tres términos esenciales (sujeto verbo y predicado) pierden su identidad y se confunden. Quizás la dialéctica consiste en esto, en la confusión de los términos. Para algunos estudioso el silogismo deductivo adolece de este fallo en sí. El predicado debe estar ya incluido en el sujeto si pretendemos que el silogismo funcione (o sea: la deducción es un fiasco). Leibniz estableció que la afirmación (la forma elemental de la proposición o premisa) consiste en que el sujeto contenga al predicado. También dijo que afirmación y verdad eran lo mismo (formalmente, sin referencia a lo real). Es decir la proposición afirmativa es enunciación de la verdad formal. Quizás asimilaba implicación (seguimiento necesario de la causa al efecto) y verdad, cosa que Aristóteles no admitía en su Lógica (Analíticos I y II). Diferenciar lo real de lo mental es mucho más arduo de lo que parece.
Es difícil separar la verdad lógica de la verdad sentimiento, de la esperanza, de la fe. Mucho antes de que la verificación (comprobación en lo real) se asentara en el pensamiento, la verdad ya era el consuelo y la esperanza de la especie humana. Eso sin contar que la verificación depende de la medida y del experimento ambas cuestiones lejanas del acuerdo sin fisuras. Para Kant, la naturaleza, el mundo lo real eran inalcanzables. Existentes pero inalcanzables para la mente humana. Distinguía el mundo en fenómenos (la apariencia que llega a nuestros sentidos) y noúmenos (el ser en sí, en su esencialidad). Pero aunque inalcanzables para el entendimiento eran perceptibles para los sentidos, es decir, nos podíamos hacer una imagen mental de ello, tanto en puras imágenes como en signos o símbolos. Con esas reproducciones mentales nuestro sistema nervioso (mente) opera, combina, compone (calcula) y extrae conclusiones que puede aplicar a lo real mediante la decisión. A todo (o parte) de ese proceso le llamamos pensamiento, entendimiento. Pero ese procedimiento de operar con imágenes también se puede hacer operando con objetos. El ábaco suma (compone conjuntos) simplemente desplazando bolitas. Y quien dice ábaco dice sumar con los dedos. Se puede por tanto operar en lo real (manipular). Si no es pensamiento porque lo realizamos en lo real si -por lo menos- es equivalente a su operación homóloga en lo mental. De hecho el universo opera así las cosas del mundo -mediante el azar- de modo que se obtengan cosas distintas de las iniciales. ¿Qué falta para que eso sea un “pensamiento”? Estabilizarlo. Sin estabilidad el resultado no existe o no es útil. ¿Cómo obtiene el universo estabilidad? Mediante la irreversibilidad. Mediante la no conmutatividad. La brida es un buen ejemplo mecánico de la irreversibilidad. Esa irreversibilidad se llama entropía y es la culpable de que la energía se haga in-operativa. Culpable de que la eternidad de la energía no sea directamente traducible en utilidad. Al ser/no-ser, la irreversibilidad opone el usar/no-usar (in-útil). Una metafísica en la que la categoría principal no es la sustancia (el ser) sino la posesión, la utilidad, la economía.
Si el mecanismo de prueba y error que sigue el universo (mutación/irreversibilidad) y la vida (mutación/selección), es equiparable al mecanismo del pensamiento -si no en su proceder sí en su resultado ¿cómo distinguir lo real y lo mental? Para el pensamiento materialista tanto monta monta tanto… lo real como lo mental. Este último es tan real como el otro. La simplificación que nos ayuda a entender el mundo se interpone también en que ese conocimiento sea “claro y distinto” (Descartes). Todas las clasificaciones son arbitrarias porque el universo no tiene orden alguno que nosotros podamos entender con nuestra mente. ¿Cómo explicar entonces la tecnología, ese “obtener” del universo que se ajuste a nuestras previsiones y aplicar esa previsiones para construir máquinas con prestaciones rayanas en la perfección? Porque construimos un modelo que se ajusta en sus resultados a lo que el universo hace. Evidentemente ese modelo nunca acaba de igualar los resultados del universo (es un límite) pero se aproxima tanto que la diferencia es desdeñable. Pero en el bien entendido que los entresijos de nuestro modelo y los del universo son absolutamente distintos. Seguimos estando en un sistema de prueba y error. Pensar es realizar modelos. Todo lo que hemos afirmado del universo (la ciencia) ha resultado inexacto pero tan aproximado como nos ha sido necesario. Y por supuesto, el orden que suponemos al universo es un “como si”, un sucedáneo, un modelo. Nunca conoceremos el verdadero orden del universo pero construiremos modelos, maquetas, de él indistinguibles en su uso, de una utilidad no necesaria pero absolutamente suficiente. De hecho -si no inteligentes como para alcanzar la verdad, la exactitud- hemos sido lo suficientemente hábiles como para remedarlo, dominarlo y exprimirlo. Homo habilis. Esa es nuestra verdadera esencia. Mirad hacia Irán, Ucrania, Israel/Palestina, Venezuela, USA -en definitiva- y decidme si os parecemos racionales.
Ese in-entendimiento alcanza su clímax en el campo del género. Existe un trato diferencial negativo hacia las mujeres: laboral, social, histórico… a todos los niveles. No es un trato justo, y si como afirma Leibniz “la justicia es la caridad del sabio” los hombre no son ni justos ni sabios. Se mire como se mire es una expulsión del género. El hombre ha establecido un estándar de humanidad que excluye a las mujeres: las mujeres no son humanas. Ni racionales, ni maestras. Su función en el mundo es servir al hombre y parir hijos con dolor (las mujeres paren tendidas -posición antinatural- para comodidad de los médicos que las atienden), preservar la especie (de la que han sido expulsadas) de la extinción. Son inferiores. Su forma de pensar es aberrante y resultan incomprensibles para los hombres. Ese modelo que el hombre ha construido para entender el mundo no dispone de un apartado que le permita entender a la mujer. Arrecia la violencia contra las mujeres. A estas alturas todavía tenemos que hablar de la violencia contra las mujeres por el hecho de ser mujeres. ¿Qué se puede decir de un hombre, que en su apabullante desarrollo intelectual, todavía no comprende a las mujeres? Que es idiota. O eso o que la vía del desarrollo mental (Logos) es una vía errada. Quizás ha llegado el momento de dejar ese pensamiento especulativo masculino que nos ha conducido a las guerras, a las armas de destrucción masiva, a la exterminación intraespecífica y extraespecífica, al esquilmado de los recursos naturales, a la contaminación y la corrupción generalizada. Quizás debiéramos probar con el talante femenino de construir, síntetizar, pacifismo, cuidado, conservación, respeto, convivencia, diálogo, empatía, etc. Quizás el tiempo de los hombres se ha acabado. La conjunción del individualismo/egoísmo, el fascismo, el ultracapitalismo, está destruyendo nuestra especie. La única alternativa es…
El desgarrado. Marzo 2026.