» 06-06-2026

El fascismo que viene 7. El fascista nace.

La aventura del conocimiento ha sido larga y enrevesada. De entrada nos hemos empeñado en llamarla conocimiento cuando en realidad estábamos hablando de dominación, pero -¡ya se sabe!- el conocimiento tiene mucha mejor prensa que la dominación: el ejercicio del poder. Nacemos fascistas. Lo de demócratas (en el fondo el respeto a los demás, la convivencia pacífica y productiva) es un aprendizaje que nos otorgamos para atemporar nuestro impulso más acendrado: sojuzgar. Es nuestro pecado original, pues somos hijos de una evolución cuya última estación son los grandes simios y en ellos podemos encontrar la mayoría de nuestros rasgos. La supervivencia (una preferencia destacada por la vida) fue la cláusula de cierre de un mecanismo: la vida, que es  profundamente reversible (siempre acaba en la muerte que es de donde procede… aunque sede a este origen un nombre más poético), pero su esencia es evitar esa reversibilidad. La vida es irreversibilidad tendencial de lo que es naturalmente reversible. La vida es tautológica: solo sobreviven los que tienen el impulso (instinto) de supervivencia. Para los seres vivos: no vivir (la muerte), es un fracaso, una enfermedad, un fiasco. Acción y efecto. Efecto de la vida cuya acción es la irreversibilidad. Una paradoja. 

Es posible que los niños sean perversos polimorfos (Freud)… desde un punto de vista sexual, pero lo que es seguro es que son fascistas. Desde el minuto uno su afán es el de dominar al mundo, doblegar a sus semejantes, imponer su voluntad. No hay aquí maldad alguna. Someter es procurarse la máxima seguridad, la garantía de pervivencia. La vida se sustenta en la lucha por la comida, por la reproducción y por el territorio (escenario de las dos anteriores). La supervivencia individual, la supervivencia de la especie, y -ahora que nuestra incidencia sobre el mundo empieza a ser dañina- la supervivencia del entorno, del contexto, del medio. La sociedad es una forma de vida intermedia entre el individuo y la especie. Es -al modo de los organismos pluricelulares- pluriindividual. En ese sentido es un organismo biológico (pro-vida). La palabra clave es colaboración y de eso se trata: de superar la fase de competencia continua y perpetua. No es que  esa colaboración no exista en la naturaleza, pero siempre ha sido minoritaria: comensalismo, simbiosis. La célula biológica es (Margulis) un caso de colaboración entre organismos unicelulares que ponen en común sus habilidades (motoras, de obtención de energía, reproductoras…) para obtener un organismo mucho más eficiente en el cometido de vivir. Y su éxito ha sido innegable. ¿Por que entonces ese desidia por colaborar?

No es que la competencia tenga defectos congénitos. No. Es el mecanismo con el que se encontró la evolución para mejor sobrevivir. Por eso nacemos fascistas. porque era la mejor opción. Pero tiene un sesgo destructivo que era menester limitar, y así se hizo. La lucha por la comida se diluyó en miles de formas de aprovechamiento distintas y excluyentes, además del amor parental, conduciendo finalmente al respeto por la propiedad privada; la lucha por la reproducción se ritualizó en escaramuzas virtuales inofensivas para el individuo y beneficiosas para la especie: la pantomima del sexo; la lucha por el territorio se resolvió en la huida o el desistimiento, en el anuncio de represalias y en el atemorizamiento. Pero además se actuó desde el medio interno mediante las emociones y sentimientos que acogieron: la generosidad, la empatía, el altruismo, la solidaridad, la gratitud, etc. mediadores sociales que cristalizan en el amor -que si bien nació originalmente para empujar a las parejas reproductivas a una aventura azarosa- pronto impregnó todas las relaciones sociales. Y junto a él, el humor, el candor y el juego constituyeron otras formas de atenuar las tensiones producidas por el hacinamiento social: la ciudad. 

Cuando el afán superadaptador del humano le condujo a renunciar a las armas naturales (garras, colmillos, cuernos, pezuñas, velocidad, simulación, veneno, etc.) en favor de armas específicas creadas para cada ocasión, cada fauna y cada medio, la capacidad agresiva del humano se democratizó: todos podían poseer las armas más mortíferas, simplemente fabricándolas. Pero esa disponibilidad condujo -a parte de a la dialéctica ataque/defensa- al control sobre la fabricación y uso de armas y a una disfunción importante entre individuo y sociedad, entre poder y pueblo. Aquí el fascismo se enardeció pues la violencia estaba en sus genes. El espíritu guerrero (que tanto tuvo que ver con la aparición de la estrategia y el pensamiento especulativo) se convirtió en el espíritu dominante, la condensación del sesgo fascista: el militarismo. Honor, valor, lealtad (por el lado de la propaganda de sus bondades) y violencia desatada, agresión injustificada, explotación del éxito, exterminio del enemigo, genocidio (del lado oscuro), son las  características de esta perversión social que ya nunca nos abandonará. Cuando los militares dejaron de matarse entre ellos y descubrieron que era mucho menos arriesgado matar civiles (a partir de la primera guerra mundial), los fascistas vieron el cielo abierto. Ya no era necesario el militarismo para obtener sus fines de dominación y sojuzgación.  Los fascistas salieron del armario (el ejército y la policía) convirtiéndose a la fe política que les había sido siempre ajena. Desde la sociedad económica (capitalismo: la competencia a muerte) y la política (la gestión de lo público… en el caso de que sobre algo) de partidos, se podían conseguir todos los fines individuales de dominación que antaño pasaron. por la lucha por la vida y el militarismo armado. El fascismo no nació en el SXX pero fue entonces cuando se produjo su impulso definitivo. La épica de los superhéroes tampoco fue ajena. La guerra letal (producto de la carrera armamentista) es el exponente más alto del fascismo, de la dominación por la fuerza. Ahí están Trump, Putin y Netanyahho para probarlo.

¿Por qué hablo de política cuando estaba diciendo conocimiento? Porque el fascismo no es política. El fascismo es dominación y sojugación. Es el retorno a los orígenes. El fascismo es una perversión de la sociedad militarista cuyo fin es ocupar el poder dado que es el poder el único legitimado para la violencia y posee el dominio de todas las armas (el ejército y las policías). El fascismo es el golpe de Estado definitivo tras el cual la política será irreversible, inexistente. La nueva Edad de las cavernas. El fin de la igualdad, el gobierno del fascismo capitalista (millonarios) y de toda libertad. Lo que está en juego no es un partido más sino el fin de los partidos y de la política. El hecho de que Trump, Putin, Netanyahu, tengan bajo su dedo el botón rojo nuclear, es la señal de que este mundo se ha acabado. Estamos en el tiempo de descuento, el partido termina. Cuando el único valor es la confrontación y la competencia violenta por la vida el resultado solo puede ser: ¡Boom! No se puede ser científico al margen de la política. Todas esas armas que nos amenazan han sido inventadas y construidas por los científicos. “La banalidad del mal” le llamó Arendt. El impulso dominante del trabajo bien hecho sobre cualquier consideración finalista. Ser científico es casi tan difícil como ser ciudadano. Lo que es fácil es ser fascista. La ley de las cavernas.

Sé que la elección no ha sido voluntaria, que todos los que apoyan el fascismo -además de la visceralidad- han tenido importantes ayudas externas: los algoritmos de las redes sociales (en manos del ultracapitalismo de los grandes millonarios), los discursos populistas simplistas, la demagogia, la estúpida política de partidos cortoplacistas y miopes que no han sabido ver que la crispación, la corrupción y la mentira abrían las puertas a quienes viven en ellas como en su propio caldo de cultivo. El capitalismo es un trampa… de esperanza. Nos acercamos a la ratonera atraídos por el queso (¡todo el mundo puede ser millonario, todo el mundo puede ser presidente!) sin apercibirnos del mecanismo letal que esconde.  Si los recursos son limitados, lo que gana uno lo debe perder el otro. Solo la soberbia nos hace pensar que “el uno” somos nosotros y “el otro” son los demás. 

Si no formamos equipo, estamos perdidos y el algoritmo sabe dividirnos hasta la saciedad, por el deporte, por la religión, por la raza, por la región, por la tribu urbana, por el género, por la edad. Se defiende las redes sociales como instrumentos específicos de socialización de determinadas secciones de edad (“los jóvenes”), como se defiende una música y se defiende un atuendo o una posición de desdén hacia la política. Pero las redes no son un producto natural de la evolución. Son mecanismos de dominación y sojuzgación articulados por el fascismo. No hay un fascismo de derechas al que se opone un izquierdismo. El fascismo abarca derecha e izquierda. El comunismo de Estado era fascismo como lo es ahora el comunismo chino o ruso… y -mal que nos pese- la “democracia” USAna, argentina, húngara o la de la UE. Los partidos políticos debieron haber sido los depositarios de esas diferencias clásicas políticas entre trabajadores y empresarios que enunció Marx. Pero no. Han preferido fasciszarse, virar en bloque hacia el conservadurismo, la ultraderecha y -en definitiva- el fascismo. Lo pagaremos con sangre.

El desgarrado. Junio 2026.




Published comments

    Add your comment


    I accept the terms and conditions of this web site