» 08-05-2026

Mascotismo 2. Fascismo

NIngún mascotista se reconecería a sí mismo como un dictador, como un fascista, y si embargo lo es. El bicho sabe que presionando puede conseguir lo que quiere y lo hace, con una persistencia que vence la imposición del dueño. Siempre se dice que los perros son más felices dentro de una disciplina que a su bola. También se dice de los niños. Las diferencias son notables, pues el perro tiene una disciplina interna, el instinto, que le serviría perfectamente si no fuera porque su asociación con el hombre ha cambiado su destino. El problema es sencillo: la convivencia requiere normas, social izar no es gratis.Como ya he dicho se ha hecho parásito y ha añadido a su comportamiento multitud de rasgos dirigidos a conseguir lo que necesita de su amo. La desviación de las cejas para parecer triste es una de ellas. Por otra parte el perro conserva su lenguaje corporal que el hombre ha olvidado a manos del lenguaje oral y es capaz de percibir estados de ánimo que pasan desapercibidos para los humanos. Esa finura de percepción es la que los hace aparecer a los ojos de sus inexpertos amos como capaces de un cariño que los humanos no pueden ni soñar. La presencia del amo es tan imprescindible como la presencia de la madre para el niño y en ambos casos reaccionan a la pérdida (la separación) con alarma. El niño acabará comprendiendo que el que caiga fuera de su percepción no es que se haya ido pero no es el caso del perro que celebrará cada reencuentro como si la pérdida hubiera sido irreparable. De nuevo un cariño superior al de los humanos. Ese cariño es el que va a colmar las carencias que una sociedad en extremo competitiva -y a menudo cruel- no ofrece, y el perro se convierte en una máquina de dar cariño, un esclavo emocional. 

El perro es jerárquico y -por ello- fácil de adiestrar: solo es necesario que quien le adiestre sea su superior y sea coherente. Naturalmente en su afán de cariño el amo no está para educarlo sino para disfrutarlo y en consecuencia todos los perros están maleducados. Pero no tanto en casa cdomo fuera. Al perro se le pasea suelto porque “no tenga miedo, no muerde”. Para el binomio perro/amo existe una disciplina intrahogareña: no cagarse, no correr, no subirse al sofá ni a la cama, no robar, no ladrar, y en general atenerse a la moral que dicta le religión del amo. Esta circunstancia es muy llamativa en el caso de que haya niños en la casa que -situados por encima del animal en la escala jerárquica- enseñan a este tal y como les enseñan a ellos: en la moral y en el decoro.  El espacio extrahogareño es la jungla: ahí vale todo. En resumidas cuentas: se exige que el perro sea un trasunto de lo que el amo espera de él y no un animal con sus instintos y pautas. Se anula la peculiaridad del bicho para arrastrarle al estereotipo que conviene a su amo. En el caso del sexo esto es lacerante. Se castra a los gatos como si la castración fuera una operación estética y no un atentado feroz e irreversible contra su naturaleza. A los perros se les somete a la moral del amo y con suerte- tendrán unas pocas relaciones infinitamente menores que las que les corresponden por naturaleza. Los perros son territoriales y marcan su territorio con orina. La situación urbana en la que cientos de perros comparten territorio, desquicia al perro que compulsivamente trata de tapar el rastro dejado por sus congéneres. Por supuesto el perro no ha nacido para vivir confinado en un piso urbano y necesita el ejercicio adecuado para conservar su forma física. El espectáculo de la obesidad canina es ilustrativo de que las condiciones de vida de las mascotas está marcado por la conveniencia de su dueño. Y no diré que comen mierda por que en eso estamos exactamente igual.

Pero son muchas más cosas. Las atrocidades eugnésicas que producen razas de bolsillo o de belleza con efectos secundarios terribles como las dificultades respiratorias, las patas inoperantes, las orejas de elefante, las mandíbulas en las que no caben los dientes, los pelajes excesivos (que necesitan peluquería para sobrevivir). Los recortes de rabo o de orejas por cuestiones antiguamente de efectividad en la pelea y hoy meramente estéticas. Los perros peluche abandonados cuando al llegar al estado adulto pierden su gracia de cachorros. Los perros de temporada abandonados cada verano. La explotación de galgos en las carreras, la explotación sexual, su uso como armas o como cobayas en la experimentación. Las peleas de perros, El mundo de los perros es duro porque o son tratados como personas o son tratados com esclavos pero nunca como lo que son animales simbióticos con el hombre. Y en el otro extremo: el de los cuidados delirantes -auténtica piedra de toque del agravio comparativo con los humanos desfavorecidos- están las peluquerías y las sastrerías caninas, los coches de paseo, los adornos, las joyas, los juegos, los servicios de hotel, de paseo, de sanidad, 

El fascismo no es una ideología, es una actitud: la del macho dominante, la ley del más fuerte, del mejor armado, de la tradición histórica, de la raza, lengua, costumbres, vestido… del pueblo elegido. Es la negación de la sociedad igualitaria en favor de la jerarquía férrea y sostenida por la fuerza. El acoso es fascismo, tanto el escolar, como el de género. Cualquier abuso, imposición de autoridad, sometimiento ante la jerarquía o la fuerza, es fascismo. Su grado máximo es la dictadura, la selección (más o menos) natural del mejor dotado, del líder. Todos somos fascistas, nacemos con el impulso de someter a los demás, pero nuestra situación de animales sociales implica la represión de ese instinto anvestral incompatible con la comunidad. La dictadura es el antisocialismo, lo que los fascistas han entendido como oposición a esa ideología y no al inevitable destino social de la especie. El fascista nace. El socialista igualitario se hace. La lucha contra esta tendencia que nos animaliza (nos fosiliza en la animalidad) debe ser continua, debe doblegar una naturaleza que en una situación social es inviable. Y es esa cualidad natural la que reivindican sus seguidores, como si lo natural fuera irremediable, inmejorable, para siempre. La evolución ha dado tantas vueltas que casi todo puede. El humano es un híbrido (no enchufable) de naturaleza y cultura. Reivindicar exclusivamente la naturaleza es negar la cultura. Eso es el fascismo, primo-hermano del conservadurismo (que nada cambie, que el orden ancestral sea inamovible). El fascismo es visceral, anterior al logos, exento de ideología absolutamente pragmático (pensar es de cobardes, los valientes actúan). Y en ese pragmatismo absoluto, todo vale, cualquier medio es válido oara conseguir los fines. Aznar lo dijo perfectamente en aquella crisis migratoria que le tocó “resolver”: “¡Había un problema y lo hemos solucionado!” Cogió a los migrantes ilegales, los metió en un avión y los mando a África. ¡Con dos cojones! Lo importante era deshacerse del problema, no resolverlo de la mejor manera posible. Eso es fascismo. La prevalencia de la biología sobre las cultura.

Pensaréis que fijarse en el mascotismo con la que está cayendo es matar las moscas a cañonazos. Es posible, pero el avance del fascismo -no en la política sino en la vida común- es cada vez más alarmante y el mascotismo es fascismo no solo por anteponer la vida de un esclavo emocional irracional a los seres humanos, sino por encerrarse en un aislamiento inexpugnable construido con débiles argumentos evasivos. ¡Por supuesto que esto es una mierda y que los políticos son una pandilla de delincuentes (por acción o por omisión del deber de denuncia)! Sin ninguna duda, pero meter la cabeza en un agujero de seguridad emocional utilizando las mismas artes que los que están acabando con el Estado del bienestar no es la solución. Como en la película “Il sorpasso” solo cabe una consigna: “Esclavo, libérate y suelta los perros”.

El desgarrado. Mayo 2026.




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