» 11-05-2026

Mascotismo 3. El mascotismo como opción social.

Ninguna película en su sano afán de recaudar dinero incluiría una escena en la que se daña o tortura a un animal. No hay duda que si fuera el caso de un niño se admitiría perfectamente. Solo queda una conclusión: la preferencia de la sociedad por las mascotas no se limita al ámbito de los mascotistas… es universal. De hecho matar a un ser humano en las películas es tan normal como que se den un beso. Por lo visto nuestra sociedad ha decidido que ver la muerte como cosa normal no es dañino para nuestra sociedad, porque el perfecto equilibrio mental de la población sabe perfectamente distinguir entre la ficción y la realidad. Hagan una encuesta a ver cuantos ciudadanos creen que el cine es escuela de vida y extrapolen. Ayer salió en las noticias que en Galicia una mujer murió cayéndose de una muralla a poco más de tres metros del suelo (cayó de cabeza) ante la mirada impasible de una colección de ciudadanos -en su mayoría jóvenes- que miraron impertérritos la escena sin tratar de ayudar a la víctima, que daba muestras de estar en grave situación de peligro. Eso sí, todos filmaban la escena… ¿esperando que no cayera?

Óscar Colorado Nates escribe acerca de unas fotos que dieron la vuelta al mundo:

“Kevin Carter, fotoperiodista sudafricano, enfrentó el dilema ético de capturar la icónica imagen de una niña desnutrida acosada por un buitre durante la hambruna en Sudán en 1993, mientras luchaba con sus propios demonios personales y las críticas hacia su trabajo, culminando trágicamente en su suicidio en 1994, dejando un legado controvertido que cuestiona los límites entre informar e intervenir en situaciones de crisis humanitarias”. Lo que entonces era un dilema ético de un profesional es ahora un dilema social de una profesión: fotorreportero que se ha liberalizado. Es evidente que con una cámara en la mano -por pequeña que sea- los límites de la ética se desdibujan. ¿Alguien puede asegurar que el reciente intento de atentado (valga la redundancia) a Donald Trump fue cometido por un profesor chiflado, o se trataba simplemente de un alocado ciudadano al que se le permite entrar en los hoteles con  armas tras haberlas comprado sin demostrar su estabilidad mental? Y por fin la pregunta del millón: ¿estamos todos locos, o qué?

Vemos imágenes de como una narco lancha es volada por un misil en directo, como si no fuera conducida por seres humanos (con derecho a un juicio justo). No es la guerra, es la nueva forma de resolver el narcotráfico por un país civilizado (por lo menos hasta hace poco). La nueva guerra de Putin y de Netanyahu se desenvuelve por los mismos derroteros. Te veo, no te veo; estás, ya no estás vaporizada por un misil. Dicen que nos acostumbramos a todo pero a mi esas escenas me sobrecogen. Hay un tío haciendo de Dios apretando un botón sabiendo que eso supone la desaparición de un (o más) seres humanos. Como yo, como tú, com él. No como él, no. Él, no es humano, y su madre no se merece semejante engendro. Abascal -con su habitual cordura y respeto por las madres- diría que es un chuloputas, ¡un proxeneta, vamos!, pero -esto último- insulta menos, y cuando el objetivo es la crispación, pues… ¡no hay color! Anuncian que USA entrena delfines suicidas para utilizarlos como torpedos, ¡Animalitos! Los americanos, no los delfines. ¡A ver. Que levanten la mano los que piensan que lo de los delfines no tiene nombre! No preguntaré más porque sabemos la respuesta. Es una pregunta que se ha hecho muchas veces en encuestas mediáticas siempre con el mismo resultado. ¡Aquello de Santa María más lejos, la más devota! se ha acabado, ahora el cariño se cuenta por cm de proximidad.

Podemos entender que el mascotismo es un desviación de las pautas sociales de convivencia con humanos aplicadas a los animales tomados como sustitutos de los primeros. Sabemos que la regulación de lo social no viene genéticamente marcada en su totalidad pues la evolución genética de las pautas de comportamiento no fue capaz de desarrollarse a la par que la contracción del tiempo que supuso la instrucción, la conciencia, y la decisión sobre la marcha. así las cosas lo social se recicló de las pautas de respuesta compactas emocional/sentimental (que en parte quedaron obsoletas por los mecanismos “sobre la marcha”. De alguna manera los social se queda en un limbo entre lo genético y lo inmediato de los nuevos recursos “on line”, lo que se manifiesta en su adherencia. La “reflexión” viene a ser: “Si lo social consiste en el cariño y la ayuda mutua, la colaboración y el desarrollo de sentimientos como: generosidad, empatía, altruismo, solidaridad, y estos sentimientos los encontramos en las mascotas, entonces nuestros compañeros sociales son las mascotas”. La adherencia a las mascotas se produce por un “error” del desarrollo de lo social, entre lo genético (el instinto) y lo “sobre la marcha” (la inteligencia). Y entrecomillo lo de error pues es evidente que para los afectados (que son la mayoría) esta adherencia no puede ser vista como error. 

La pérdida de contacto táctil -con nuestros semejantes- mediado por las redes sociales y los dispositivos electrónicos, y debidos a una moral que exige que esos contactos estén perfectamente regulados (acoso -incluso no táctil- , tocamientos afectivos, compañerismo, contactos, saludos, ayudas…) y correspondientes a unas relaciones estrictamente definidas, hace que sean los contactos, precisamente, los que definan la relación: si la mascota te quiere, te consuela, te corresponde y te respeta (y probablemente te entiende), entonces la relación social con ella es la más intensa del baremo. Las cosas han ocurrido así y será imposible revertirlas, pero se debería evitar el agravio comparativo con otros humanos. Evidentemente ello puede hacerse o degradando a los humanos por su lejanía o alteridad, o ascendiendo a las mascotas a la categoría de humanos mediante legislación equiparante. 

Nuestra inteligencia es constitutivamente dada a los sesgos y prejuicios (simplemente el sistema nervioso funciona así) por lo que el agravio comparativo deberá ser reparado mediante un esfuerzo intelectual de corrección de nuestro sistema de inteligencia. Y ahí aparece el fascismo que no es sino esos sesgos y prejuicios que nos pertenecen visceralmente, constitutivamente. No somos naturalmente sociales. La socialidad tiene un componente de aprendizaje sustancial y eso supone doblegar nuestra naturaleza. Y hay una parte somática, animal que no está por la labor. Ser humano no es un don, es una construcción que requiere trabajo y esfuerzo (como la instrucción). La vida como castigo va tomando forma y acercándose a lo que la religión nos deparó en la expulsión del Edén: trabajar con sudor y parir con dolor. El pecado original. Cuando Butler afirmó que el género es una construcción social se refería precisamente a esto. El género -como todo lo humano- requiere de una construcción laboriosa e incómoda, y nos hemos deslizado -con frecuencia- por el camino más fácil. 

El desgarrado. Mayo 2026




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