| » 20-04-2026 |
El gran acierto del Marx filósofo (hay otros: el economista, el historiador, el activista…) es haber entendido el capitalismo como una metafísica alternativa a la ontológica. Entiendo la metafísica como el pensamiento -inicialmente de Occidente, pero ahora mundial- general de nuestra especie. El nombre le viene de entender la realidad compuesta de dos tramos: la ciencia física -que explica el hombre y el universo (lo finito)- y la metafísica -trascendental- que explica Dios, el alma y la vida eterna (los infinitos). Hoy puede parecer ingenuo pero durante 24 de los 25 siglos que tiene el imperio de la razón (el Logos), vivimos inmersos en esa conceptuación. La idea de la seglaridad o laicidad es absolutamente reciente (y para cristianos, islámicos y judíos… incomprensible. Hay otra manera de entender la metafísica que es adjudicarle todo lo que la ciencia física es incapaz de explicar (meta: más allá de), lo que la convertiría -lejos de ser una parte residual de la física- en la parte más importante (materia y energía oscura, agujeros negros, física cuántica, Big Bang, etc.). Hoy la metafísica está en cuestión. La posmodernidad de Derrida y Lyotard la cuestionaron, pero sin proponer alternativas (aunque sí directrices). Verdad es que construir un nuevo sistema general del universo no es tarea fácil y sin embargo, muchos filósofos han esbozado sistemas alternativos, entre ellos: Marx.
Un sistema de pensamiento debe enunciar leyes que rijan el funcionamiento del mundo (lo hagan previsible) y que sean universales (una ley que no es universal es una tendencia). Es decir, la exactitud requiere los universales; la aproximación (heurística): no. Eso convierte a la formulación de universales en la base del sistema exacto. El establecimiento de universales nos arrastra a otro problema: ¿es el sistema absoluto o relativista? es decir ¿encontraremos principios fundamentales (interiores: axiomas, o exteriores: Dios) en los que basarnos o nos encontramos ante un sistema circular en el que cada elemento es relativo a los demás sin que ninguno sea absolutamente válido? ¡Caminante no hay camino, se hace el camino al andar! ¡Pronto hemos topado con la metafísica! La posición de la filosofía fue pragmática: expliquemos todo lo que podamos de forma relativista (autónoma respecto a Dios y reduciendo los axiomas al mínimo) y recurramos a él (Deus ex machina) cuando no podamos más. Esta posición es discursiva (lineal), es decir, enlaza argumentos a partir de verdades absolutas internas: axiomas, o recurriendo a una causa exterior: Dios. Si hay algo universal en la filosofía es esta actitud. La otra postura, la de renunciar a la exactitud (instalarse en la utilidad) es la postura recursiva: partimos de una hipótesis, la comprobamos en lo real, la corregimos en caso de discrepancia y vuelta a empezar. Nunca alcanzaremos la exactitud pero nos aproximaremos a ella tanto como insistamos (iteremos) y de acuerdo a las necesidades de exactitud que nos sean precisas en cada caso (no es necesario medir el hilo de coser en milímetros). El límite de iteraciones lo marca la utilidad.
El sistema de determinar universales de la metafísica es la abstracción: convertir las cosas en iguales (equivalentes) quitando los elementos diferenciales de cada una. A esta operación de igualación se le llama encontrar el equivalente universal. Es evidente que es un apaño solo aplicable a lo que resulta común, es decir la exactitud no se cumple, pero no había otra y se tiró para adelante. No es el único medio de hallar universales. Históricamente han existido otros métodos de homogeneización: el paradigma o elección de un representante típico, la formulación de ejemplos: situaciones equivalentes, o la convención (aceptación por un colectivo de la ficción de igualdad). Kant estableció el gusto como equivalente universal de lo estético, adentrándose en los equivalentes sociales. Los universales fundamentales de la metafísica son la cantidad: equivalente universal de la magnitud (que funda la aritmética, las matemáticas), el concepto o definición: equivalente universal del significado (que funda el lenguaje y la semiótica), el formalismo simbólico: equivalente universal del significante/forma (que funda la igualdad), y la verdad: equivalente universal del valor (que funda la relación de implicación causal y finalmente -con la verdad- lógica). Existe otro equivalente universal del género que reside en el inconsciente sicoanalítico, consistente en el género único: solo existe el género masculino. El género femenino es un genero masculino castrado. El equivalente (premisa) universal es el falo que es la idea de que todo el mundo posee un pene. Las consecuencias de esta abstracción metafísica son el machismo y la sociedad patriarcal. Olvidaos de que el machismo es un accidente. Es una premisa metafísica y como tal hay que tratarla. Marx centra su metafísica en la categoría: posesión, en vez de la categoría: sustancia, de la metafísica tradicional, y establece tres equivalentes universales: La mercancía como equivalente universal del intercambio comercial; el dinero como equivalente universal del valor y las relaciones comerciales como equivalentes universales de las relaciones humanas. Esta metafísica de la utilidad económica y de la propiedad privada presenta una desviación de alienación y hurto de las plusvalías del trabajo asalariado que es el capitalismo. El capitalismo es la metafísica de la posesión, más la dominación.
¿Por qué el éxito del capitalismo? El capitalismo es profundamente individualista (anti-social, habría que decir). Parte del individuo, que en competencia feroz con los demás, tiene abierto un futuro de éxito que solo de él depende. Todo el mundo puede ser presidente de USA o millonario. De entrada ninguna traba impide que cada cual aspire a lo máximo. Y ese es su secreto: la esperanza. Cada uno depende de sí mismo para lograr sus sueños. Evidentemente esta teoría no se cumple al ponerla en práctica -solo los millonarios por sí, por aportaciones del partido o por donaciones, pueden ser presidentes- pero su promesa es teóricamente válida. Cualquier otro sistema parte de una jerarquía o de imposiciones que coartan la libertad. La categoría de la posesión funda su metafísica (cuyas relaciones comerciales se convierten en relaciones humanas por excelencia) y la economía se erige en su matemática. El capitalismo es un sistema (de pensamiento) del mundo. Pero no acaban ahí sus bondades: su plasticidad a la hora de adaptarse a los cambios sociales solo es comparable a la plasticidad cerebral. El comercio no fue una empresa global hasta que se produjo la revolución industrial y se pudieron producir mercancías en cantidades maquínicas: la cadena de montaje. Que aquello fuera trabajo alienado (humanamente insatisfactorio) no fue óbice, como tampoco lo fue el expolio de las plusvalías del trabajo por parte del empresario. La primera crisis del capitalismo consistió en que el conjunto de los consumidores era muy pequeño (solo los que disponían de rentas). ¿De qué sirve producir sin no hay compradores? y el capitalismo reaccionó con presteza: subiendo los salarios para que los obreros se convirtieran en consumidores. No fue justicia social, fue conveniencia.
El invento del dinero venía ya del comercio preindustrial pero con la industrialización el dinero se convierte en mercancía: se compra y se vende como si de una mercancía se tratara. Eso produce la especulación: ganancias que no mejoran la riqueza nacional (el PIB) puesto que no producen mercancías y un nuevo tipo de capitalistas: los inversores o especuladores. Pero el capital circulante (al que se le ha imprimido una velocidad de circulación que aumenta su rendimiento) no es suficiente: hay que aumentarlo todavía más, y se inventa el crédito y los bancos de crédito. El crédito “inventa” dinero pues contablemente está en dos cuentas a la vez: la de ahorro y la de crédito. Además permite gastar lo que todavía no se ha ganado. Mediante este sistema se multiplica por 4.5 la cantidad de dinero circulante. De pronto éramos más ricos por un simple ardid contable. El crédito corre riesgos, pero pronto se comprobó que no era así. Incluso las crisis cumplían un papel de reguladoras del mercado laboral (bajada de salarios) que si no hubieran existido habría que haberlas inventado. La riqueza no es posesión sino capacidad de endeudamiento. Todo esto relativiza un mercado: el del dinero cuyo absoluto era el patrón oro. El dinero era el equivalente en un pagaré, del oro que estaba depositado en el banco central. Si se suprimiera la relativización sería aún mayor e independiente de la existencia física de oro. Y así se hizo. Primero el patrón dólar y finalmente la fluctuación libre, solo determinada por la oferta y la demanda. La relativización total. Pero el dinero admite además un juego de apuestas que empieza por tratar de adivinar como evolucionará el mercado (para comprar lo más barato y vender lo más caro) pero que admite diversas maneras de cubrirse. Exactamente igual que las apuestas en el frontón. Se trata de hace dos apuestas contradictorias (lo que requiere que el partido en algún momento dé la vuelta) pero ambas a la baja (se pagará menos de lo que se ganará). Este juego de apuestas que empieza con la Bolsa y con las acciones societarias, se generaliza al mercado de futuros (compra hoy a precios de hoy lo que necesitarás mañana en que los precios habrán subido). Opciones de compra que se operan en el mercado como mercancías. Con los contratos de seguro incluso se puede ganar dinero cuando las acciones u opciones bajan si se ha asegurado la operación de pérdidas.
Los ahorros se degradan con la inflación por lo que se invita a los ahorradores a que inviertan en el mercado financiero y enjuaguen sus pérdidas. Para “simplificar” la complejidad de las inversiones se inventan los fondos de inversión: carteras de múltiples valores que se venden unitariamente y los TIF (acciones de acciones) que se operan directamente en bolsa como acciones. Se trata de que los ahorradores “restituyan” sus fondos a sus legítimos dueños: los especuladores capitalistas. Para ello los bancos dejaron de comprar el dinero de los ahorradores de modo que el dinero en el banco se depauperara. Mediante la venta de efectos complejos a mentalidades simples se engañaba a los ahorradores con productos como las acciones preferentes o las subordinadas que eran simplemente una estafa. En la actualidad la bolsa es instantánea (mercado continuo) por lo que solos e puede ganar dinero haciendo operaciones puntuales de horas (minutos) lo que excluye aquella antigua idea de que se invierte (de forma prolongada) en bolsa porque a la larga siempre sube. A pesar de todos los engaños y estafas los estúpidos banqueros quiebran bancos por sus arriesgadas inversiones y entonces el Estado los rescata con dinero público de acuerdo con el aforismo que les ha hecho famosos: pérdidas socializadas y ganancias privatizadas.
En 1970 Reagan y Thatcher ampararon un contubernio del capital con los gestores (políticos, societarios y financieros) de “mutua ayuda” para evadir el control político de sus operaciones, al que se unió un despiadado ataque a los sindicatos en vías a su desaparición. Fue la respuesta ultraliberal a los problemas que los estados del bienestar (de izquierdas) había puesto a las tropelías del capitalismo. Las privatizaciones, las puertas giratorias, los puestos en consejos de administración, el tráfico de información privilegiada, las condonaciones de deudas, las cláusulas de subsidiariedad del Estado en los contratos con empresas privadas, las concesiones fraudulentas, el incumplimiento de las sentencias contra bancos por prácticas abusivas, los sueldos societarios y los bonus extravagantes, etc. fueron el resultado de este convenio. El capitalismo se reinventaba de nuevo ampliándose a estos gestores el beneficio capitalista en un gesto que supuso de facto la desaparición de las políticas de izquierdas en las gestiones política, financiera y societaria. Pero todas estas prebendas no bastaban a los políticos que -por su cuenta- realizaban toda clase de transacciones corruptas en concesiones, contratos, regulaciones urbanísticas o adjudicaciones de subsidios y beneficios. Especial inquina tiene las compras de mascarillas durante la pandemia, de mano de los “conseguidores”: intermediarios comisionistas que se forraron con el dolor del pueblo. El último capítulo de la reinvención del capitalismo se ha dado con la intrusión de los millonarios en la política, en respuesta a la corrupción galopante que los políticos habían imprimido en la gestión de la cosa pública.
El fascismo que llama a la puerta del mundo es la consecuencia de todas estas trapacerías de capitalistas y políticos. A lo que no es ajeno la desafección del pueblo por las política que ha dejado a los delincuentes con las manos libres para agrandar su patrimonio. Hoy la izquierda ha muerto, pero la derecha también, aunque asista al espejismo de su co-gobernanza con los fascistas que durará lo que les dure dura. La política de partidos se muere pero lo que vamos a heredar: el fascismo internacional, el gobierno de los millonarios, el recorte de derechos individuales, la violencia y el terrorismo de Estado, será mucho peor que la mierdemocracia en la que subsistíamos. En algo llevan razón los fascistas: “Cualquier tiempo pasado fue mejor”. Lo que no parecen comprender es que el empeoramiento es por su causa.
El desgarrado. Abril 2026.