» 21-04-2026

Reflexiones políticas 6-3. El nuevo orden mundial. La pérdida de lo social. Un nuevo modelo de pensamiento imaginario, individualista e independiente.

Uno de los elementos diferenciales de la especie humana respecto a otras es la socialidad. No somos individuos asociados, somos un ente social que se pude disgregar en individuos aislados con una neta pérdida, es decir: el todo es mucho más que la suma de las partes. Este estructuralismo -difícil de entender fuera de la metafísica (tan sencilla ella en su explicación del motor)- se explica añadiendo a las partes que se reúnen un plus de energía, información, orden, o estructura. La idea intuitiva de que la materia se puede componer con distintos grados de orden (la cristalografía) presenta una dificultad añadida. ¿Pertenece ese orden a la naturaleza o es un elemento añadido por nuestra mente en el proceso de observación/operación? Me inclino por la segunda: el orden (la clasificación) lo añadimos para mejor operar (recordar, entender, asociar) aunque también se puede producir naturalmente, como en el caso de los cristales u otros tipos de organización inorgánica suguiendo el camino de la simplicidad o econocmía  energética. La vida -singularmente- posee ese plus, que en el caso de la reanimación cardiaca, nos muestra que no es permanente, que uno vez producido originalmente no posee autonomía interna, quizás porque la relación entre el origen y el ejercicio solo se produce en determinado momento: la concepción. Lo que está en juego es la causalidad, una causalidad que no se reduce al tipo de implicación simple que recoge la lógica pero sí el verso del poeta: “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”. Origen y ejercicio se confunden en el caso de la vida porque causa (el nacimiento de la vida) y efecto (su ejercicio) se funden en un solo concepto: la vida es vivir. Acción y efecto, verbo y adverbio. Como en el caso del big bang lo explicamos todo menos el instante inicial (el origen) o mejor: somos incapaces de hacer congruentes el origen y el ejercicio. Tenemos un concepto de la vida (existencia) que no es congruente con el concepto de su origen. En física cuántica existir no es “ser” sino “estar”: interaccionar. Nada existe al margen de la interacción, el ser no es anterior al existir. Existir es entonces una dinámica, y por tanto una paradoja. El eterno problema filosófico del ser y el devenir. Todavía nos queda mucho por saber. 

Pues la evolución de los humanos viene marcada por el desarrollo de varias vías que lo diferencian netamente de las otras especies. El aprendizaje por instrucción, por transmisión oral o escrita de conocimientos acumulados en el acervo cultural, La toma de decisiones tras un proceso de evaluación de posibles escenarios, asimismo sobre la marcha y -consecuencia de ellas pero con características propias- la conciencia (autoconciencia) que permite al humano asistir a los procesos citados como si estuvieran ocurriendo en aquel mismo momento, presencialmente. Estos mecanismos sustituyen/compiten con al instinto, con la diferencia que se producen “on line” es decir, no se inscriben en la memoria genética de pautas de comportamiento grabadas. La diferencia es un acortamiento del tiempo de evolución medible en miles de años. Pero hay más. De una parte la socialidad que aunque ya existente se desarrollará de forma exponencial al amparo de la inteligencia con la transformación de las máquinas de respuesta integrada (mecanismos complejos definidos por su fin: miedo, ira, alegría, vergüenza, etc.) que se reciclan a indicadores de relación social cuando su funciones son absorbidas por la inteligencia. La socialidad construye el mapa “yo, tu, el” que tiñendo de afectividad las relaciones sociales las hace totalmente abstractas al superar el referencial egocéntrico (yo-yo, yo-tu, yo-el) y aparecer las relaciones tu-tu, tu-el,  la relación yo-yo vista desde fuera -que cimentará la reflexión- y finalmente la intercambiabilidad que cimentará la empatía. Y el lenguaje, un elemento diferenciador más, que se asienta sobre bases biológicas y se adentra en lo cultural aportando el simbolismo que sustenta la inteligencia. ¿Por qué hablamos de estas fases y no directamente de la inteligencia como hicieron los taxónomos (Homo sapiens)? Porque la inteligencia es un complejo de distintas evoluciones entre las que se encuentran las citadas.

El mecanismo de decisión “sobre la marcha”, difiere del propio de otras especies, en las que no se produce evaluación, sino pares de opciones en las que si no es una, es la otra (huir/luchar). Pero sabemos que lo esencial para nuestro sistema nervioso no es la calidad de la respuesta sino la celeridad:  en pocos segundos lo que se decide es la supervivencia. Así las cosas, y para conseguir la celeridad,  ese sistema nervioso procede a memorizar las decisiones tomadas por evaluación en tablas o listados de causas/efecto que puedan utilizarse de forma instantánea. Parece que es durante el sueño que se produce esta confección de tablas, o repertorio de comportamientos o respuestas (Como las que utilizamos para disponer instantáneamente de los valores de la funciones trigonométricas o los logaritmos). Si bien los mecanismos son universales el contenido de los listados son personales de acuerdo a la experiencia de cada uno, sin despreciar sesgos sociales. Y aquí se produce la diferencia entre razón y experiencia (que en nuestro sistema nervioso no son sino dos momentos de la reacción) que ha producido ríos de tinta, en un debate filosófico clásico que todavía dura. La cultura (la memoria no genética de todas estas actuaciones) se transmite por tradición oral o escrita de modo que está disponible sin necesidad de grabarla en los genes. Y ese acervo de conocimientos acumulados constituye el carácter de un pueblo, de una región o de cualquier otra delimitación geográfica “imponiendo” diferencias donde solo hay opciones. La figura del “otro” -figura del “él” altamente afectivada- está servida.

Este sistema humano de comportamiento -que contrae la evolución hasta hacerla irrisoria- es una fuente inagotable de diferencia: las diferencias culturales que -como no podía ser de otra manera- añaden de forma no genética (cultural) diferencias a los géneros de una forma impensable. Tal como Barlett enunció “El genero es una construcción cultural”. El primer gran destilado de esta manera de hacer las cosas es la familia nuclear. La familia se especializa en sus roles principales de acuerdo a una “racionalización” de funciones originalmente biológicas. La familia nuclear es la unión estable (por un periodo no inferior a siete años -el tiempo del desarrollo de una cría-) de un hombre agresivo, defensor, alimentador con una mujer paridora, cuidadora, educadora. La estabilidad conviene a ambos: al hombre para garantizar la paternidad de las crías y a la mujer para garantizar la asistencia del hombre durante el intenso periodo de cuidados maternales.  Esta especialización marcará los géneros para siempre. Partiendo de estas “pequeñas” diferencias y mediante la gestación de tablas de comportamiento, -efectuadas cada generación pero influidas por la historia (tradición) pasada- se conforman los géneros. Cuando un ultra se refiere a que el papel de la mujer es la sumisión y  el  descanso del guerrero, pone en juego esta historia y le da el valor de inamovible, cosa que -como hemos visto- no es así. 

La naturaleza no programa (no piensa) sino que se encuentra con problemas y los soluciona por prueba y error que solo el tiempo determinará si es, o no, lo mejor. El coste es enorme pues las soluciones fallidas suelen costar la vida (¡La vida es dura!). Por eso el modelizar la vida dentro de la mente y tomar las decisiones incruentamente, es una vía de evolución genial. ¡Los experimentos con gaseosa (ideas)! Si nuestra especie había “escogido” la superadaptación como forma de supervivencia (evolutivamente) el nuevo mecanismo del pensamiento da un paso de gigante al poder de supervivencia al ahorrarnos todos los intentos fallidos en lo real. ¡La especie crece exponencialmente! Y viaja, hasta los confines del mundo, colonizando todos los medios y adaptándose a todos los climas y recursos. Para esta superadaptación las armas clásicas (pezuñas, cuernos, garras, colmillos, veneno…) ya no valen, pues el cambio continuo desacredita el perfeccionamiento predador/presa. El animal humano desarrolla la facultad de crear armas específicas para cada ocasión y para ello se sirve de unas manos que se han liberado de las funciones motoras con la bipedación. No fue fácil. La edad de piedra (Homo hábilis) duró 2,5 millones de años, en los que el sistema nervioso del humano se desarrolló avanzando en la elaboración de listados de comportamiento y en el perfeccionamiento de armas cada vez más letales. ¡Una de cal y otra de arena! Obviamente es el hombre que caza quien desarrolla las armas, mientras la mujer emplea su manualidad en fabricar tejidos y recipientes para los incipientes excedentes que la especialización (la mujer recorre el bosque recogiendo bayas, frutos, raíces) propone.  Es la mujer la que descubre la agricultura observando los ciclos de la naturaleza (¡lo de las semillas debió ser la bomba!). Es la mujer la que dispone del primer excedente de tiempo -mientras cuida a los niños- que dedica a observar y concluir. El talante de la mujer se va haciendo sintético: junta experiencias para construir situaciones, a la par que conservador: lo que no se esquilma vuelve, retorna cíclicamente. La especialización se convierte en destino.

Paralelamente el hombre perfecciona sus armas en su papel de defender y alimentar a la familia nuclear. Sin darse cuenta (sin fijarse esa meta) va construyendo la figura del guerrero: mente ágil y despierta en un cuerpo atlético. Cazar requiere inteligencia, estrategia, prudencia, oportunidad. Requiere un análisis profundo de la situación evaluando todas la posibles interferencias y previendo los movimientos de la presa. El hombre se hace analítico para poder ser sintético, para poder construir la estrategia; especulativo para poder prever las contingencias. Pero además debe ser leal, buen compañero, entregado, generoso, honrado, el perfecto integrante de la muta de caza que en nada se diferencia del pelotón de combate. El modelo de la rapiña lo proponen las hienas: en vez de cazar, esperar a que otro cace y robarle las presas. Es la operación transitiva: tu cazas a la presa y yo te cazo a ti y así obtengo mi presa, como si la hubiera cazado. La cultura de los excedentes (prever para cuando no haya) instituye los graneros, y los graneros son caza sin cazar, grano sin arar. El ideal guerrero se desplaza hacia el cuatrero y el bandido. Y aquí está el germen de la guerra: la rapiña. El hombre se especializa en análisis y en guerrero. Y el resultado es el Logos. Curiosamente la inteligencia analítica -sobre la que se asentará el Logos- está ya ahí, en el guerrero. ¡Cómo han llegado a convertirse en “los señores de la guerra” es -cuando menos- asombroso!

Pero la especialización -que resuelve perfectamente la cuestión de la eficiencia en la resolución de labores- añade un elemento disruptor: el justo reparto de deberes y obligaciones. Para los griegos “justicia” era que cada uno se dedicara a lo suyo. ¿Por qué llegó a significar el justo reparto de deberes y obligaciones? es lo que ilumina el problema? Con cometidos distintos es inevitable la comparación y la sensación de que el uno se aprovecha del otro. La naturaleza (la selección natural, al fin) intensifica el poder del vínculo que une a la pareja hasta hacerlo enloquecedor. El vínculo amoroso -y su mezcla de registros hormonales- se constituye en un sistema de drogas capaz de modificar los comportamientos de forma sustancial. El objetivo es obvio: la ceguera ante las diferencias y la paz conyugal. La tendencia natural de cada uno a su papel y la no menos tendencia a aprovecharse de los demás, más la desviación que hacemos -en favor propio- al evaluar la ecuanimidad, provocó que -una vez disipado el efecto del bebedizo, a los siete años aproximadamente- las diferencias se hicieran insoportables. Lo cierto es que la maternidad era el premio gordo. La naturaleza se volcó en que la mujer sintiera una extrema satisfacción con ella, satisfacción que no desparecía con el tiempo. El hombre desarrolla una tendencia hacia lo que le puede otorgar una satisfacción parecida: el poder, el saber, llegar a ser un gran hombre, en definitiva. Estas dos vías se consolidan en una diferencia sustancial entre géneros que es perfectamente factible vislumbrar en las fantasías (modelos de futuro dichoso) de ambos. Mientras la mujer aspira al príncipe azul (bueno, fuerte, poderoso, cariñoso…) que colmará sus anhelos de matrimonio y de maternidad, el hombre aspira al superhéroe, al gran hombre capaz de todas las hazañas (épica) y glorificado en todas las crónicas (epopeya). Y ya puestos una mujer sumisa, que lo admira y que lo complace. La maldición bíblica (que figura en todos los relatos religiosos de orígenes): “ganarás el pan con el sudor de tu frente y parirás los hijos con dolor” expresan el mundo tras haber perdido el paraíso. Escenifican el castigo con el que Dios pena a la humanidad. Pero trasluce también la especialización de roles y la dialéctica del bien y el mal. Lo de culpar a Eva por la transgresión es simplemente mezquindad masculina. Pues bien: la sociedad es esto, este sistema de colaboración y recelo que tiene su primer escenario en el género.

Como he expuesto en otras ocasiones el hombre se revela contra un destino que no le trata como él cree que se merece. El hombre siente que en el reparto le ha tocado la peor parte: luchar, quizás morir para obtener la gloria y el poder que colmará sus anhelos. Se siente sabio, fuerte, preparado y digno de un destino mejor, mientras a la mujer le ha tocado la lotería de la maternidad: dar vida, conformarla desde el inicio, conducirla mediante la experiencia. Es “la envidia de la maternidad”, un destino inalcanzable para el hombre. Pero el hombre, además dispone de la fuerza, de la agresividad, de la estrategia para iniciar la contienda. Y así el hombre sojuzga a la mujer sin que esta responda con ni la más mínima oposición. A estas alturas -la era mítica- la mujer ya se ha diferenciado netamente del hombre con un sesgo de cuidadora, conservadora, respetuosa, sintética, pacifista, pro-vida, conciliadora, dialogante, que contrasta con el sesgo del hombre: analítico/destructor, especulador, innovador,  beligerante, solucionador por la violencia y la muerte, más partidario de romper y volver a empezar (revolucionario) que de continuar y arreglar. Pensar si todas estas diferencias son innatas o adquiridas, biológicas o culturales, animales o racionales es ocioso. Están ahí y hay que lidiar con ellas. El hombre ha sido profundamente injusto con la mujer, la ha sojuzgado expulsado de la racionalidad, de la maternidad, del maestrazgo y -en definitiva del género- y lo único razonable es restablecer la igualdad ancestral. No se trata de defender los derechos de la mujer (feminismo) sino de restablecer los derechos humanos -que le fueron hurtados- no los derechos  específicos de género sino los derechos de cualquier humano, sea del género que sea. Los ultras son poco partidarios de la memoria histórica. Dicen que lo pasado pasado está. ¡Pelillos a la mar! Arguyen que un dios creador hizo las diferencias y que el hombre no es el llamado a rectificarle. La memoria divina: sí. La memoria histórica: no. Su única capacidad de maniobra es la del príncipe de Lampedusa. “Todo debe cambiar para que todo pueda seguir igual” Ese cambio es el ascenso del fascismo al poder. ¡Ahí vamos!

Y del modelo del género ha de partir la construcción de lo social. Las virtudes sociales que han de regir ese comportamiento social no son genéticas, no corresponden a instintos. Deben ser construidas, implementadas por los nuevos medios de que el humano dispone para evolucionar: la instrucción (la desmesura del aprendizaje, el saber como horizonte), la decisión (la libertad), el otro como límite y como colaborador necesario. Empatía, solidaridad, altruismo, generosidad, caridad, socorro, todas estas “virtudes” no están en el instinto (o solo como reconducciones), son una construcción de nuevo cuño que -por una parte- reconduce las máquinas emocionales (pautas complejas de comportamiento) hacia lo social y -por otra- se gesta en la decisión libre y en la instrucción necesaria. La sociedad se construye en la conciencia de la soledad como castigo, el ostracismo como injuria. La sociedad inventa una nueva forma de coexistencia: el olvido. La memoria es para los animales eterna, todo lo que aprenden lo recuerdan para siempre (¿de que serviría si no?). La instrucción no tiene el refuerzo de lo emocional para grabarse indeleblemente y se produce el olvido. Lo que -a contrario- es un refuerzo de lo emocional. El olvido es una forma de reseteo que opera contra las obsesiones, mejora las relaciones sociales (¡pelillos a la mar!), hace sitio para nuevas experiencias y conserva la capacidad de recuperarse en la escritura (repertorio de pautas de comportamiento contingentes). Incluso se instituye como olvido simbólico en el perdón, instrumento de la generosidad. El olvido diluye las ofensas, y mejora las relaciones sociales. Es su bálsamo. La construcción de lo social es un mecanismo intermedio entre lo instintivo (genético) y lo volitivo (decisional). Compartir, colaborar, aunar esfuerzos, converger, produce un placer inequívoco. La guerra y el deporte. La emoción de lo común es probablemente la emoción de especie más intensa. El cine y la literatura de ello se aprovechan. El pueblo unido en una empresa común. ¡Esa es la emoción suprema!

Pues bien, el individualismo, la percepción de que lo social es opcional, de que somos independientes y autónomos, es la perversión de lo social. Y eso es el capitalismo (la competición feroz individual por el triunfo y el éxito) y el fascismo (la jerarquía natural del más fuerte). Dejar a los más débiles en el camino, la desigualdad, la sojuzgación, el desprecio de otras razas y otras características, otras religiones y actitudes, la dictadura de la propia opinión, todo tipo de obsesiones individuales sin consuelo y sin socorro. El individualismo es -literalmente- no ver más allá de nuestras narices, reducir un mundo lleno de diversidad a un concepto pequeño y miope. El becerro de oro, el dinero, que más que equivalente universal del valor es su reducción a lo uno, lo más simple, lo menos diverso. De hecho el individualismo es parasitismo, sin los otros no somos nada. Apariencia de suficiencia, vampirismo. Esa instrucción -que se ha convertido en adoctrinamiento- debería mostrarnos los placeres de lo social, la hospitalidad (el pacer de acoger y de dar de comer, de la conversación y de la compañía), el voluntariado (la satisfacción de formar parte de un proyecto mucho mayor que nosotros), el altruismo (la alteridad de exportarnos fuera de nuestra cáscara), la generosidad (compartir, no solo con los nuestros sino con todos). Todos estos placeres los estamos olvidando cuando no: disimulando con vergüenza. Estamos perdiendo lo que nos hace humanos: la sociedad. A partir de ahí: la jungla, la simplicidad animal, la manada. Hemos perdido el norte. Amamos a los animales porque son mejores que los humanos confundiendo bondad con gratificación. Comida y cama a cambio de entrega sin límites, sin otra voluntad que agradar, de consolar. ¿Se puede amar a aquello que se esclaviza… por dorada que sea la jaula? Haraway proponía una sociedad con las mascotas, de coexistencia sin lazos de dependencia, respetando su esencialidad. Si salvarías antes a tu mascota que a un ser humano ya has perdido tu humanidad. Formas con ella una preciosa pareja de mascotas porque has encontrado en ella el espejo que te refleja. Una sociedad que aprecia más el amor a los animales que el amor a los humanos será muy sensible, pero no es sociedad. Pronto tendremos mascotas robóticas, incluso parejas robóticas, sumisas, esclavas de nuestros deseos, descanso de nuestras apetencias. ¡El futuro es radiante!

El desgarrado. Abril 2026.




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