» 23-02-2026

Señoras y señores 121-1. ¿Diferencias de género?

Cuando se habla de diferencias de género muchas feministas lo niegan bien porque no ven diferencias sustanciales -sino de trato o culturales-, bien porque saben que las diferencias es una caja de Pandora que una vez abierta solo puede cerrase con graves pérdidas para el feminismo, biern porque creen firmemente que el cerebro de especie es suficiente para generar las “mínimas” diferencias de género. Creo que no existen diferencias sustanciales excepción hecha del dimorfismo sexual/reproductivo, pero de eso a decir que no hay diferencias media un gran trecho. En primer lugar estamos hablando de diferencias que son tendencias consolidadas (y por tanto más culturales que sustanciales). En segundo hablamos de una especie cuya plasticidad cerebral es abrumadora, tanto como para que la cuestión de la identidad sea inexistente como rasgo distintivo permanente. Pero las diferencias culturales o tendenciales marcan diferencias entre los cerebros masculino y femenino aunque solo sean funcionales. Me propongo en este artículo establecer como a partir de mínimas diferencias tendenciales (es decir partiendo del mismo cerebro) se puede llegar a diferencias sustanciales que justifican la apreciación de cerebros distintos, aunque de ninguna manera irreversibles, debido precisamente a la plasticidad cerebral. La epistemología (la ciencia en general) se encuentra mucho más cómoda en situaciones  absolutamente diferentes (o diferenciadas) que en situaciones relativas e inestables. Hegel le llamó la tendencia al absoluto. Bien es sabido que las leyes deben ser inexcusables para ser necesarias, no admiten excepciones. Y así entramos en cuestiones de probabilidad: ¿cual es el valor de un infinitésimo? ¿Cuándo algo equivale a nada… es despreciable? En eso se basa el cálculo infinitesimal (diferencial), en el que -a su vez- se asienta toda nuestra ciencia. 

Parto, pues, de que “todo” es relativo, los absolutos no existen (excepto en nuestra mente) y por tanto la exactitud es imposible y la realidad se reduce a probabilidad, pues la certeza absoluta no es posible. Soy consciente de que “Todo es relativo” es una afirmación absoluta pero tengo a mi favor la teoría de tipos que no permite las proposiciones autorreferenciales, es decir, aquellas que hablan de sí mismas. “Todo es relativo” no puede incluir su propia formulación proposicional. Si la teoría de tipos de Russell me avala, no otra cosa hace el teorema de incompletitud de Gödel que afirma que ningún sistema puede contener su propia justificación (y por tanto no puede hacer afirmaciones válidas sobre él mismo). Hasta Marx hizo su formulación de dicho principio: “Nunca aceptaría pertenecer a un club que me aceptara como socio”. Por supuesto se trata de Groucho. Una vez excluidos los absolutos (dogmas) la exactitud es imposible y la probabilidad es la ley del universo: podemos aproximarnos tanto como queramos pero sin alcanzar nunca el límite. No estamos por tanto en el azar absoluto sino en una situación tendencial, sea lo que sea que signifique ese “tendencial”. Las consecuencias son importantes. El discurso (deductivo o inductivo) queda seriamente mermado, dando al recurso (la iteración) abductivo (hipotético) todas las bazas. En resumen: estamos en un mundo de tendencias de límites inalcanzables y no de diferencias sustanciales. Nada impide que las diferencias de género se reduzcan a divergencias, nunca esenciales pero sin alternativa absoluta. 

¿Cuando empiezan esas divergencias que acabarán convertidas en tendencias (atractores relativos)? Hay un punto en la evolución que bien podría ser ese punto de inflexión: La formulación de la familia nuclear. La familia nuclear no es una mutación genética sino que pertenece ya a las diferencias culturales, inmediatas, sobre la marcha. Podríamos decir que se sitúa en el punto de inflexión. Y ese punto de inflexión coincide con la aparición de las dos características de la especie humana que la conforman como tal: la decisión sobre la marcha (libre albedrío) y la memoria/aprendizaje -asimismo sobre la marcha (es decir: no genética) cultural. De hecho debería añadir un tercer elemento que es la socialidad sobre la marcha, libre de toda mutación genética. Fue un pequeño paso para la evolución pero un gran paso para la humanidad. Estoy hablando del punto en la evolución en que la genética (el instinto) deja de ser exclusiva para abrirse a soluciones tendenciales, no necesarias, sobre la marcha, “ad hoc”. Es el nacimiento de la voluntad, de la decisión libre, de la elección promediada, de la evaluación sopesada, del planteamiento de objetivos personalizados. El pequeño margen de libertad de elección que permitía el instinto se convierte en un preciso mecanismo de decisión (elección y motivación): se hace lo que se quiere; se aprende lo que se escoge; se socilializa con quien se prefiere. No es la libertad total pero es libertad, un apreciable grado de libertad. Y ese tercer mecanismo de integración social se asienta sobre las emociones y sentimientos que ya habían constituido “máquinas” comportamentales de respuesta estereotipada e inmediata, que -con la nueva evaluación- se hacen innecesarias. Una auténtica labor de reciclaje que se pone al servicio del reconocimiento social indiciario de situaciones comportamentales automatizadas. Una segunda lectura en clave social de lo que era un mecanismo automático de respuesta. El rubor, la sonrisa, la ira, la impaciencia, el dolor, son ahora entendidas como señales sociales y no como lo que eran: mecanismos, máquinas automáticas de respuestas complejas al medio. Ya no es un diálogo con el medio, -por más que involuntario- sino con el “otro”, con el prójimo. Si el libre albedrío es la decisión no ligada a la evaluación (por tanto libre) y la memoria el aprendizaje electivo, las máquinas emocionales son detección (lectura) de intenciones (voliciones) y pasiones, de convivencia social. 

La familia nuclear parte de la reproducción biológica (en los animales) -con todas sus variedades de vínculo necesario entre la pareja- para adentrase en una situación cultural, de libre decisión. Que la decisión no era fácil es evidente observando el poderosísimo coctel de hormonas que la evolución dispuso para ello: al amor. El hombre defensor y alimentador se une a la mujer paridora, cuidadora y educadora para construir una máquina cultural de sacar adelante la prole. El feroz desvalimiento en el que nace la cría humana hace que se necesite una atención constante y duradera: la crianza, que durará unos siete años. Es el precio que hay que pagar por un cerebro cuyo tamaño está limitado por el canal pélvico que atraviesa la cadera. El nuevo ser nace profundamente inmaduro. Ese es el precio de disponer de un cerebro capaz de asociaciones extraordinarias: la inteligencia. ¿Por qué ese cerebro tan grande? La evolución no tiene razones, solo resultados. Fue una apuesta ganadora, simple y llanamente porque sobrevivió. La variedad de “Homo” que desaparecieron, dan cuenta de un experimento delicado y arriesgado pero que -por lo menos en nuestro caso- triunfó (si sobrevivir se puede llamar triunfar). La especie humana opta por la superadaptación (todo terreno, todo clima, toda variedad de flora/fauna y recursos) y por ello renuncia a sus armas naturales: garras, pezuñas, cuernos, colmillos, por una armas “ad hoc” que de nuevo se producen en la decisión (elección/motivación). Previamente había que haber desembarazado las manos de su función motora y destinarlas a la manipulación hábil. Los 2,5 millones de años dedicados a ese perfeccionamiento son la historia de las herramientas de piedra: la industria lítica. En ese periodo no solo se adquiere habilidad manual, sino también mental. Se aprende a establecer objetivos desde los hallazgos casuales, hasta que finalmente se acomete la manualidad desde un proyecto previo. Así se conforma la voluntad, proyectando el pasado en el futuro. La previsión será el arma definitiva, intangible, multimorfa: anticipar los movimientos del enemigo o de la presa… hasta finalmente prever los movimientos de la naturaleza, sus leyes. El ideal de exactitud, de necesidad está ahí. 

Volvamos a la familia nuclear y veamos si es posible la divergencia partiendo de las premisas citadas. La maternidad/cuidado y la defensa/agresión son un punto de partida. La territorialidad, la lucha por la comida y la lucha con los otros machos por las hembras habían configurado un macho testosterónico. La agresividad intraespecífica debió ser reprimida en la hembra para facilitar el cuidado que el inmaduro bebé necesitaba, pues cazar (agresividad extraespecífica) era algo que llevaba en los genes. El reparto de papeles especializa a la pareja. Incluso para la convivencia, el que la agresividad sea patrimonio de uno solo, era conveniente. Tal como Lorenz anticipó en su “Contra la agresión el pretendido mal” la diferencia agresión intraespecífica/extraespecífica, diferencia a los géneros. El macho será agresivo en la caza, en la defensa y en la territorialidad. Se hará posesivo. La hembra distinguirá entre la violencia intraespecífica -a la que renuncia- y la extraespecífica que conserva para conseguir comida y para enseñar a cazar a las crías. No necesita la testosterona permanentemente sino como recurso esporádico. El mapa hormonal (ya reproductivamente diferente) se consolida funcionalmente de acuerdo a sus papeles sociales. Las hormonas no se regulan exclusivamente por la genética, pueden ser inhibidas esporádicamente de acuerdo a necesidades inmediatas, con un mecanismo que hoy conocemos bien gracias a la epigenética. El ambiente influye en las pautas de comportamiento. Por simplificar: el mecanismo genético de activación de las hormonas es presencia/ausencia. Una sola hormona (en distintos grados) determina la respuesta. Si la respuesta no es genética sino ambiental el mecanismo más adecuado es el de excitación /inhibición (dos hormonas contrapuestas). La exactitud de la contraposición hará que el proceso se pare o se alargue hasta el infinito tratando de absorber los excedentes y dando lugar a la aparición de una cascada de nuevas hormonas y nuevos efectos secundarios. Pero lo que es absolutamente determinante es la desaparición en la hembra de la agresión intreespecífica. La agresión toma partido de género.

Y como esto se alarga, lo dejo para la próxima entrega en la que nos adentraremos en uno de los pares de oposiciones metafísicas en que hombres y mujeres divergen: material/inmaterial.

El desgarrado. Febrero 2026.




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