» 24-02-2026

Señoras y señores 121-2. ¿Diferencias de género 2?

Hemos partido de unas pequeñas diferencias genéticas (reproductivas) que culturalmente (especialización, agresión) se van a agrandar de forma exponencial. No otro es el fin de la cultura sino acceder a cambios sobre la marcha (decisión, aprendizaje, convivencia) que -desligados de la vinculación genética- aceleren la evolución. ¡La cultura es la genética “on line”! La diferenciación en la agresión determina el futuro de los géneros. La mujer se centrara en el cuidado y conservación reservando la agresión para la defensa y la alimentación, conformando la figura de la madre. El hombre perfeccionará su sesgo agresivo en la defensa y el ataque intraespecífico, como dirá Hobbes “el hombre es un lobo para el hombre”. Los “otros” se convierten en objeto de disputa territorial o de reparto de las hembras pero también en presas, de rapiña, de alimentación y finalmente (extrañeza, raza, costumbres, dioses) causa de guerra. La carencia de armas “naturales -más la habilidad manual- crean la carrera armamentística (ataque/defensa) que no tiene límite ni tan siquiera en la disuasión. Frente a la mujer madre se constituye el hombre guerrero. Frente a la capacidad de dar vida, la de quitarla, en siniestra simetría. Lo que en el fondo está en juego es -antes de la razón- la metafísica (dios, alma, vida eterna) -para el hombre y la metaética (el cuidado trascendente, la misericordia, la caridad) -para la mujer-. La trascendencia que para la mujer es la descendencia, para el hombre es algo más (hasta que sea capaz de apropiarse de esa descendencia desplazando a la mujer de su papel natural). Para el hombre es destino, vida eterna (en la memoria o en lo real), épica, epopeya, hazaña. La sombra de la muerte es insoportable para el hombre, y avatar inevitable para la mujer, lo que les llevará a afrontarla de distinta manera… y no estoy hablando de valor. 

A estas alturas -antes del surgimiento de la razón- la mujer cobra una importancia, hoy impensable. Su misión de cuidar incluye la observación atenta de la prole y del medio, la búsqueda de hierbas medicinales, el conocimiento del bosque y de sus recursos, la atención a los ancianos. Ella es el primer médico, el primer sabio (recolector de datos), el primer científico. Observando inducirá la agricultura, la ganadería, aprenderá la recolección de bayas y frutos. Ensayando inventará la cestería, la cerámica, el curtido de las pieles, la cocción de los alimentos, etc. Su sistema de aprendizaje no difiere del utilizado por el universo: prueba y error… y memorización del proceso causal. Su talante colaborativo (no agresivo) la reúne con sus pares en el cuidado conjunto de la prole y en el comentario de la cotidianidad que va afinado su sentido social. Esta cualidades -que también adornan al hombre- son sin embargo usadas con otros fines. Su principal cometido -además de defender- es alimentar, lo que se centra en la caza que canaliza su agresión, el uso y perfeccionamiento de las armas, la estrecha colaboración de la muta de caza (lealtad), la previsión de los movimientos de las presas, la estrategia, el valor, el honor. La competición al fin. Para el hombre todo es un reto con los demás, mucho más que con el medio. El hombre personaliza en el “otro”su sobrevivir. En una palabra se conforma el guerrero. Y ese guerrero es el que engendra el logos, la razón. Ese cazador/guerrero construye un ideal de perfección (castrense) que adquiere por aprendizaje (entrenamiento, repetición) y en el que la maestría en el manejo de las armas, la valentía, el honor y la lealtad constituyen el núcleo duro que se ampliará a: la dignidad, la responsabilidad, la firmeza, la entrega, la jerarquía, el orden, la convicción, la aceptación, la previsión , la decisión, etc. Un repertorio de virtudes (en el sentido de “destrezas”) morales a las que solo hará falta añadir el ascetismo para completar un ideal ético. La virtud como destreza y la justicia como equitativo reparto de deberes (y no de derechos): especialización, evolucionarán a sus conceptos actuales en un giro ético. El guerrero es el ideal de hombre, frente al que los no guerreros y las mujeres (el descanso del guerrero) son caricaturas de la humanidad. ¡De alguna manera hay que disfrazar la orgía de sangre en la que se ve envuelto! ¡De alguna manera hay que justificar el poder de matar!

Porque la razón nace para justificar ese desmedido control sobre la vida que el guerrero ejemplifica. Frente a la apacible función de la madre (guía, educadora, cuidadora, consoladora) en los primeros años de vida, el hombre debe acometer su destino de trascendencia, tras una ceremonia de iniciación que marcará su ingreso en la vida adulta. Todo el bagaje que el guerrero acumula será el que definirá el logos, el pensamiento especulativo, la decisión cabal tomada tras barajar las opciones. Comprensión del entorno, determinación de objetivos, elaboración de estrategias, despliegue de efectivos, competencia encarnizada, adaptación a las circunstancias cambiantes, victoria y aprovechamiento del éxito. No en vano el pensamiento se tiñe tantas veces de dialéctica, de confrontación, de discusión. “De la discusión nace la luz”. Los argumentos son esenciales para disfrazar lo que no tiene justificación, y el pensamiento tiene la facultad de poder justificarlo todo. Todo tiene un punto de vista favorable, solamente hay que encontrarlo (por lo menos… si todo es relativo). Y así, el carácter analítico/destructor, la agresividad/competición intraespecífica, la coerción de los sentimientos y emociones, unidas a las virtudes castrenses conforman el logos del que -no podía ser de otra manera- queda excluida la mujer. Porque lo que hace el hombre con el logos es un auténtico golpe de Estado. 

El Logos es el primer holocausto de la historia y supone el exterminio de la mujer como ser humano, su expulsión del género, del maestrazgo y del saber. Su confinamiento en la irracionalidad de los sentimientos y emociones, hasta llegar a poner en duda su alma. El nacimiento de la razón es una sinrazón monumental. ¿Por qué la mujer permitió semejante atropello. En primer lugar no era agresiva por lo que la defensa por la lucha era impensable. En segundo lugar no era trascendente (al estilo del hombre) no aspiraba a un lugar en la Historia sino a un reconocimiento en el seno de su familia. Para la mujer la trascendencia es la descendencia: los hijos y nietos poblando el mundo. Su individualismo es inferior a su sentido de especie (y su socialidad). Tampoco la muerte cobraba para ella el sentido de fracaso que tiene para el guerrero (la muerte es la ausencia de victoria). La muerte es dejar sitio para los nuevos. En todo ello se aprecia una tendencia al absoluto disminuida respecto a la del hombre. La mujer vive el momento, es práctica, aplicada, se dispersa lo menos posible (sobre todo en cuestiones metafísicas), es telúrica (Pachamama), se funde con el entorno al que cuida y respeta, es conservadora por respeto y no por acumulación, como el hombre. Podemos resumirlo en que no lo vio venir. Le pareció que aquello era una ocurrencia más de su compañero, siempre con la mente en las nubes. Para cuando pudo calibrar lo que estaba pasando ya la habían expulsado del Logos. La mujer no desarrolló un pensamiento propio porque no lo necesitaba. Su lugar y su función en el mundo estaban “naturalmente” determinadas. Y sobre todo: no tenía que justificar su tanatismo, su pasión por la muerte como forma de superioridad. Ella repartía vida. Y sin embargo sufría continuamente la intoxicación de que el único pensamiento posible es el Logos. 

Se suele cifrar la aparición del logos en el SV adc. Es a partir de entonces que el Logos es perfectamente reconocible, pero su ascensión debió durar milenios. El periodo neolítico (11.000 adc) es todavía matriarcal. Es decir, la aparición de las primeras ciudades (asentamientos) contempla aún un mundo -si no matriarcal- por lo menos igualitario. La trascendencia ya estaba presente. El templo de Gobey Teppe, en la actual Turqíua, es mil años anterior. Probablemente fue la ciudad (la cuna de la socialidad cultural) la caldera en la que se coció el Logos, a fuego lento, sin despertar sospechas. El mundo mítico es el periodo que caracterizamos entre el periodo arcaico y el Logos. El Logos es el impulso (presocrático) de explicar las cosas sin ayudas exteriores, desde sí mismas, mediante la razón. Queda por saber cuanto tienen de explicación y cuanto de justificación. 

A partir del Logos, todo cambia. El hombre impone su ley (la metafísica, la ontología) y expulsa de esa condición a la mujer. Establece el género único en lo que el sicoanálisis llamará el falo: la premisa universal del pene. La desplaza de la maternidad afirmando su semilla como la condición de aquella. La mujer se convierte en transportadora incidental, gestora de lo que es esencialmente masculino. La expulsa también de su primordial tarea educadora de la prole (como influencia perniciosa), y por supuesto, del saber, inaccesible para ella en su condición de ser de emociones y sentimientos en la que no anida la razón. En la situación actual la mujer ha cobrado conciencia de su situación sometida, sojuzgada, oprimida. Pero la solución no es fácil. Si quiere luchar -lo que no está en su idiosincrasia- deberá hacerlo en el campo del hombre, porque las razones le pertenecen tras haberlas diseñado cuidadosamente para que refuercen su posición. La única igualdad que ofrece es la asimilación: ser igual al hombre, tomar como modelo al hombre. Para establecer una lucha igualada la mujer debería desarrollar un pensamiento femenino paralelo al del hombre. ¿Está dispuesta a ello? Parece que no, pues tampoco está en su ADN forjar un pensamiento que solo podría conducir a la lucha sin cuartel. Luchando con los argumentos del hombre jamás se liberará. Defender su derecho a no tener pensamiento propio sería como argüirse agnóstica frente a un hombre teísta. Por otra parte lo que está en juego es la humanidad. No solo el destino de la mujer sino el de ambos. Sin un pensamiento propio la mujer necesita formar un frente común con el hombre (los hombres que se sienten concernidos por la actual explotación). Y no se trata de ayudar. Se trata de formar una coalición mujer-hombre contra el conservadurismo de género. El feminismo no es la lucha de las mujeres. Es la lucha de los seres humanos conscientes de la injusticia a que está sometida la mujer, contra el fascismo, el machismo y los partidarios de la no injerencia. El machismo es una enfermedad que afecta a la humanidad y que hay que erradicar. ¡O el calentamiento global resultará una anécdota! El machismo nos mancha a todos, y por ello, nos concierne a todos. 

¿Es todo lo dicho un destino inevitable? No. La plasticidad cerebral hace que cualquier hombre pueda hacer lo que hace cualquier mujer y viceversa. Las mujeres pueden ser y hacer (boxear, hacer halterofilia, lanzar peso… por citar actividades que no parecen muy femeninas) lo que quieran. Es más, parece que los hombres les ofrecen como igualdad el ser las copias de su peor versión: ser soldado, minero, verdugo. En cualquier caso la decisión es de ellas y exclusivamente de ellas. Como dijo Despentes no es la igualdad lo que hay que conseguir sino la libertad de escoger. La libertad de ser hombres, si es eso lo que quieren. Canalizar esas apetencias corresponde a la educación (una educación sin adoctrinamiento) y no al género. La apuesta para aceptar cualquier decisión es la tolerancia: aceptar aquello que se escapa a nuestra comprensión (razón). Con el fascismo internacional llamando a nuestra puerta deberíamos replantearnos muy seriamente que es cuidado, respeto, conservación, tolerancia, altruismo, solidaridad, empatía, generosidad. Todas esas cualidades que inventó la maternidad y que no hemos conseguido implantar en nuestra sociedad. ¡Así nos va!

El desgarrado. Febrero 2026




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