| » 06-04-2026 |
Hemos visto que el amor es multifacético: amor instinto, amor placer, amor pasión, amor aglutinador social, amor institución, amor instrumento de dominación, amor contrato, amor ascensor social, amor utilidad económica, amor liberación, etc. Si bien el amor nació con fines determinados, su expansión y adaptación ha sido impresionante. Todos los campos de lo divino y de lo humano están colonizados por el amor y se da en tan distintos fines que sería necesario saber que entienden por (y que persiguen con) el concepto de amor los que se aproximan a esta forma de relación. Y por otra parte aceptar que todas esas formas de aproximación son legítimas o que dan lugar a jerarquías entre ellas que no responden sino a momentos determinados y específicos del desarrollo del humano. Si algo es expresivo de la razón (del pensamiento) es precisamente la multitud de puntos de vista cuya riqueza consiste en conservarlos, conjuntarlos, y no en reducirlos a uno solo (o unos pocos) de ellos. Y no estoy hablando del poliamor… aunque tampoco lo estoy excluyendo. En el amor cabe el matrimonio (en sus variadas formas) y cabe la libertad, cabe la fidelidad y la dispersión, cabe la pasión y la templanza, cabe incluso Dios, pero para ello debemos hacer un ejercicio de tolerancia que los ultrarregulados (tanto de la derecha como de la izquierda) no son capaces de aceptar. Las diferencias de género o de cualquier otra cosa no lo pueden regular, porque el amor es universal y omnimodal. El amor es un oxímoron: el amor se demuestra con amor, al igual que la vida se demuestra viviendo. El amor es lo más “exportable que tiene nuestra especie, es lo que aparecería en cualquier cartel turístico y es lo ocupa la literatura, la TV, el cine, y las redes sociales. “Love i in the air”
La idea platónica de la media naranja no es tan descabellada. El amor no es una institución a la que nos ajustamos sino una construcción a la que nos unimos, sabiendo que lo que aporta/entiende el otro es distinto de lo nuestro, pero necesario para componer su totalidad. No se apartaría de la idea que la realidad es algo que construye nuestro cerebro y no algo que está ahí y que nos limitamos a descubrir, entender o utilizar. Sería partir de que somos piezas distintas pero necesarias para formar un conjunto, y de ahí, deberíamos alcanzar el más difícil estadio de que cada uno, desde su punto de vista, no ve el amor más que cómo lo siente y entiende, es decir: parcialmente. Ni siquiera es posible dar lecciones (de hecho la metafísica lo ha evitado escrupulosamente ¡y no digamos ya el placer!), simplemente: descubrir el punto de vista del otro y construir con él un edificio único, personal (aunque caben más de dos) e incomparable. La única crítica que cabe es personal -de cada uno hacia cada cual- pero no hacia el otro o hacia el constructo. ¿Utópico? Solo lo utópico merece la pena ser soñado, pues lo otro, lo cotidiano está al alcance de la mano. Entiendo que esa es la única dimensión espiritual, trascendente que puede encontrarse en el amor. Un prosaico cóctel de hormonas pero iluminado por una empresa digna de titanes. Pero el cóctel tiene fecha de caducidad, originalmente, la autonomía de los hijos, que es como decir que, de los siete años iniciales debemos estar ahora por unos ventitantos. Se requiere -por tanto- algún tipo de conversión del cóctel en algo más duradero y nuestro organismo biológico no va a ayudarnos en ello. Sobre ese cóctel original debemos construir una nueva relación capaz de arrostra el tiempo añadido. O, no. En eso consiste el ejercicio de nuestra libertad. Otra cosa es nuestra responsabilidad como individuos (padres) y como especie.
Porque el género no es un destino ineluctable. Si bien hemos nacido biológicamente para ser padres y madres, para perpetuar nuestra especie o para trascender nuestra inmanencia mortal (nada se pierde en nuestra descendencia, solo se recombina), nuestra libertad de elegir es inviolable. El amor es tan válido para procrear como para no hacerlo y la mujer es tan mujer siendo madre como no siéndolo. Ningún destino es ineludible. Ni tan siquiera la muerte… si concedemos que se pueda cambiar la combinación. Al fin y al cabo, en la reencarnación también perdemos la identidad y la resurrección religiosa nos proporciona otra vida, pero no nos restablece esta. La vida está sobrevalorada… pero es que esa es su esencia: la super-vivencia. La finalidad de la vida es la felicidad y no la persistencia -a toda costa- en una situación de sufrimiento (léase derecho a la eutanasia) y esa felicidad la proporciona el amor, fuente de (casi) todos los placeres y de (casi) toda satisfacción (con permiso de Dios). Para aquellos para los que la trascendencia (la dilución generacional de sus genes) es importante: ¡tened hijos! Si pensáis que esto no tiene arreglo: ¡no los tengáis. La responsabilidad de un mundo cada vez más degradado en su finalidad fundamental: la felicidad, no se le puede imponer a nadie. Esa es la grandeza del amor, esa es su espiritualidad y no las explicaciones esotéricas o ilusorias. Esa es su utopía.
Entiendo que hay multitud de matices que diferencian al hombre de la mujer en el amor y todos ellos tan constituyentes como soslayables. La mujer es práctica, inmanente, topológica, emotivo-sentimental, local, especulativa por obligación, conservadora (en el sentido de cuidadora), prudente, pacifista, dialogante, respetuosa, etc.. Todo esto se resume (por los hombres) diciendo que es pasiva frente a la actividad masculina elevada al rango de semidivina: bravo, valiente, arrojado, decidido, guerrero, racional especulativo (estratégico), osado, progresista, inseminador, y más rápido con la espada o el colt que con la lengua (la del diálogo). Sujeto de la épica y autor de la epopeya. Ningún animal ni ninguna cosa se mueve por deporte. ¿Debemos colegir que la naturaleza es femenina? De hecho podemos colegir que el hombre tomo su modelo intelectual (el logos) del guerrero (valor, estrategia, cálculo de pérdidas y ganancias, innovación, sorpresa, aprovechamiento del éxito), y todo lo plantea como una lucha, un combate. Esa maldita competencia que lo tiñe todo. Quizás el logos está -en su nacimiento- teñido de sangre. Es indudable que el hombre es analítico (desmenuza, desmonta, despanzurra), anatomista, mientras la mujer es sintáctica (ordena, construye, monta, organiza), funcionalista. Pero debo insistir en que todo esto son tendencias y no comportamiento necesario, obligado. Y si no es fácil de ver es porque los hombres han desarrollado su razón y su ciencia de forma específicamente necesaria. Ciencia de la exactitud en la que las probabilidades (la verdad fraccionaria), las aproximaciones y los relativismos han quedado excluidos en favor de los absolutos, lo exacto, lo necesario. El hombre ha desarrollado una forma de pensar que juzga incluso las formas de pensar y colige que la única suficiente es la racioanalidad. ¡Juez y parte! La mujer -en una comunidad mucho mayor con la naturaleza, (que le proporciona todos los ejemplos que necesita)- no ha desarrollado una forma de pensar como la masculina y eso la ha sometido por siempre a una ciencia hecha por y para hombres en la que todo lo femenino es negativo desde la menstruación (es el signo de que no habrá hijos) hasta el sentido común. Cuando la mujer discute… juega en campo contrario, juega con las armas que el hombre ha creado a su medida. Y por eso la comprensión es imposible. No es casualidad que las discusiones conyugales se arreglen en la cama. El diálogo (intercambio) de placer es mucho más universal que el diálogo de la razón masculina. Pero solo dura lo que dura el deseo: siete años. Somos tan ingenuos que hemos aceptado el logos como algo universal cuando es un sesgo de género.
La mayoría de esas diferencias dimanan de sus ancestrales (pero vigentes) roles en la familia nuclear (patriarcal, extendida). La mujer es topológica porque no se puede ser especulativa ante el peligro, se ha de ser expedita y administrar auxilio y no razones. No está de más recordar que la ciencia masculina todavía no sabe porque se produce la muerte súbita de los bebés y si es mejor ponerlos cara arribao cara abajo. ¡Per5o tranquilas: siguen especulando! La mujer es la máquina para llevar a cabo una nueva vida desde el minuto cero hasta la autonomía. Todo lo que en ella es instintivo se explica por esta misión. El hombre es la máquina para procurar que ese destino se realice y su protección no es exclusivamente al niño sino también a la mujer y al entorno y en esa amplitud se dispersa, se desenfoca, especula. ¿Es el destino de madre obligado? No. Pero es para el que está mejor preparada y lo más importante es insustituible, lo que apela a su responsabilidad como especie. Un solo hombre produce cada dos horas los espermatozoides suficientes para la demografía mundial. Lejos de ser un récord encomiable -como el mismo propondría- es la marca de una innecesariedad manifiesta. ¿Es por eso que ama tanto la necesariedad? El proyecto del amor es incomparable: construir una vida en común para amparar una nueva vida, construída en su seno. ¿Cómo somos tan ciegos, para no ver semejante regalo de la vida? El amor convierte a los humanos en dioses: la generación y la conducción de la vida. Sin embargo no podemos escapar de nuestro particularismo, de nuestra individualidad, para entregarnos plenamente a una empresa digna de Dios. Construir una vida en común que ampare múltiples vidas consecuentes. Y si esas otras vidas no llegan, la construcción de la vida en común habrá merecido la pena. Con el amor pasa como con el agua: su prodigalidad nos esconde su magnificenci. Un poco de amor es mucho… sin necesidad ni de Dios ni de los espíritus… aunque no estorban. Otra cosa es el poder religioso y político.
El desgarrado. Abril 2026.