» 09-04-2026

Señoras y señores 125-4. Diferencias entre hombres y mujeres. El amor.

Pero si en algo las diferencias son abismales, entre hombres y mujeres, es en el amor. De hecho en este campo se dirimen esas divergencias de género, por lo que es importante delimitarlo bien. El amor es irracional y para entenderlo deberemos -en primer lugar- despojarlo de las connotaciones despectivas o negativas que en general le acompañan. El hombre es idealmente racional, especulativo, poseedor del logos, campo del que ha expulsado a la mujer. El amor es un mecanismo de origen biológico que opera inconscientemente, aunque su desarrollo institucional-social responde muchas veces a necesidades racionales sociales. En la parte no racionalizable, es considerado i-racional. Por tanto no ed difícil colegir que el amor es femenino. De hecho -junto al candor, el humor y el juego- forma  el quadrivium de lo que la metafísica (en cuanto que sistema de pensamiento) no ha querido nunca tratar.  La mujer es sentimental-emocional en vez de racional-especulativa. Así se establecieron las cosas. Para el hombre -como el lenguaje delata- el amor es un “estado civil”, una situación pasajera por la que la naturaleza nos obliga a pasar sin que se pueda racionalizar. Para el hombre, el amor son esas chorradas, sensibileras que les gustan (y que caracterizan) a las mujeres y por las que hay que pasar si quieres mojar. Para la mujer -que no ha desarrollado un pensamiento especulativo específico- es modo de ser insoslayable, pensamiento (en cuanto determina el comportamiento) en sí mismo. 

Y de ahí arranca la diferencia entre la metafísica y la metaética. La metafísica es el reflejo de la necesidad de trascendencia que acucia al hombre: guerrero, conquistador, héroe, forjador de linajes, señor de la historia, reconocido y venerado por generaciones -en su versión laica- y escogido por dios para la vida eterna en su versión religiosa. La trascendencia para la mujer le viene de fábrica: la maternidad. Para la mujer la trascendencia no es un proyecto es una realidad que no hace falta ni especular ni planear. Es su forma de ser y solo hace falta seguirla. Lo realmente importante que te depara la vida es para ella decurso natural, armonía con la naturaleza, respeto, cuidado, conservación. La actitud ante la vida es simplemente dejarse llevar. En ese sentido, sí que es i-racional, pero no por incapacidad sino por exclusión de aventuras innecesaria. La aventura del logos: razonar la existencia, es innecesaria para aquellas que entienden esta como un fin en sí misma. Los fines que aspira a alcanzar la mujer están en ella desde el minuto uno. No hace falta construirlos, basta con seguirlos y disfrutarlos. En este sentido la mujer se aproxima mucho a las ideologías orientales que ponen al ser humano por delante de la razón y de la especulación, hacen bandera del respeto y el cuidado. La mujer es budista, sintoísta, zen. Cuando el hombre se aproxima a estas ideologías es para mejorar su capacidad de luchar. La hegemonía del logos es tan abrumadora que es difícil pensar en un mundo sin su dirección y su orden. El logos es juez y parte, pues no solo es una forma de entender el mundo sino también la norma que determina que solo él es el orden adecuado y el argumentario admitido. El logos determina que lo masculino es el bien y lo femenino el mal. Y cualquier reivindicación debería empezar por ahí, por reestructurar la virtud.

El logos determina que la consciencia es la razón y el inconsciente la animalidad, que es a su vez: el mal. Cuando Freud lo destapó, allí no había sino pasiones desatadas, perversos polimorfos, sexo desenfrenado y dictadura del yo. Fue una manera sutil de poner al hombre por encima de la naturaleza y de separarse nítidamente de los animales acercándose a Dios. Quien ha construido el mundo que nos rodea (en la parte que no ha corrompido el humano) ha sido la naturaleza. Cuando desaparezcamos (lo que parecemos empeñados en conseguir) el mundo continuará como si nada hubiera pasado. La imagen de los animales retomando la ciudad durante el confinamiento de la pandemia, es suficientemente expresiva. Y esa naturaleza anida en el inconsciente. Por otra parte la guerra, el desarrollismo sin límite, el esquilmado de los recursos naturales, la acumulación de bienes sin medida, es el fruto del consciente, de la razón, del logos. Estamos aquí gracias al inconsciente y -parece que desapareceremos- en virtud del consciente. Empieza a ser hora que tratemos a aquel con más respeto. Como hace el género femenino. Inconsciente puede ser sinónimo de i-racional (si entendemos por racional el espacio del logos) pero no es sinónimo de error, ni de maldad, ni de estupidez. El inconsciente es el depurado de la experiencia, la memoria de los éxitos y los fracasos. La conciencia es presunción, muchas veces, adivinación. En el inconsciente radica la esencia del ser humano, su herencia evolutiva, su fundamento. El logos está contaminado de machismo, entroniza al hombre como rey de la creación y relega a la mujer a un papel absolutamente subordinado. Al deseo-necesidad, la percepción de la carencia, de lo que nos es vital, ha sucedido el deseo-anhelo de lo que -lejos de necesitar- colmará nuestras apetencias conscientes. El inconsciente es pacífico y equilibrado; el consciente guerrero y desequilibrado.

El amor es el modelo de todas las virtudes sociales: solidaridad, altruismo, generosidad, empatía, etc. El amor es la felicidad que produce la felicidad del otro, En el amor nos reflejamos en los demás y ese reflejo nos equipara, nos iguala. Pero como el impulso de fomentar la felicidad del otro nace de nuestro fuero interno, no coarta nuestra libertad. Pero si lo sentimos como algo que no radica en nuestra voluntad (como así es en el periodo de enamoramiento) y tratamos siempre de encontrarlo fuera, nos veremos envueltos en una búsqueda sin fin (o con fin tasado), que es, en definitiva lo que ocurre ahora. Ese modelo de amor que nos proporciona la naturaleza en forma de cóctel es el que debe conformar nuestros comportamientos futuros, crear unas pautas de comportamiento que puedan evadir el cóctel. Bien mirado es el mecanismo de las drogas de consumo (no en vano tienen el mismo mecanismo neural). El amor se excita desde fuera pero se genera desde dentro, esperarlo es un error. Lo que nos corresponde es identificar el desencadenante… pero a partir de ahí, el motor somos nosotros mismos. Y hasta aquí esto parece un manual de autoayuda que siempre acaba por afirmar que la única ayuda que recibiremos será la que encontremos en nosotros mismos. No es cierto por dos razones. En primer lugar porque la ayuda de nuestros padres siempre será incondicional: el amor de los padres es para siempre, y en segundo lugar porque no se trata de fórmulas de autodominio o de autocontrol sino de los mecanismos neurales que nuestro medio interno desarrolla para enfrentarse al medio. Y no es utópico. Hay ejemplos de parejas que han conseguido mudar del enamoramiento al amor venciendo a esa fecha de caducidad que son los siete años. Pero -para ello- se necesita cierta simetría en el compromiso (ese compromiso que nuestra sociedad ha detectado pero que no sabe como corregir). La entrega de la mujer es afectiva (cuidar y educar) y la del hombre operativa (alimentar y defender) y no es lo mismo exigir afecto que exigir acciones. Ahí se genera la competición. En cuanto se establece una competencia el juego se deteriora. Por ello el enamoramiento conlleva la inhibición de la agresividad, inhibición que no puede ser definitiva sino solo por el periodo de crianza, puesto que es necesaria para la supervivencia de la familia nuclear. El placer sexual juega un gran papel en limar las asperezas que provoca esa competencia, pero no puede suprimirlas y tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe. 

El pacto tácito (inconsciente) que hombre y mujer establecen para la formación de la pareja nuclear se rompe en el SXIX. El capitalismo exige el consumo como fin y para eso hace falta más dinero. La mujer sale del hogar para trabajar fuera pero el hombre no reajusta el equilibrio de las prestaciones ayudando en casa. Hasta entonces sus trabajos (dentro y fuera del hogar) eran distintos y no entraban en competencia. A partir de ahora son perfectamente comparables (el sueldo). El hombre -que controla el mercado laboral- reacciona estableciendo el techo de cristal de modo que su trabajo resulte aparentemente más importante. Y por supuesto, se evade de la contraprestación justa de ayudar en las tareas del hogar. En este momento nace el feminismo, la reivindicación de la igualdad por parte de la mujer. Y es tirando del hilo de la desigualdad de trabajo y de salario que se plantean las desigualdades ancestrales: la expulsión de la mujer del género, de la gestión pública, de la razón y de la docencia. La mujer (algunas mujeres) toman conciencia de la enorme desigualdad que les ha impuesto el hombre y a pesar de su cariz no agresivo, empieza una lucha en la que no todas las mujeres están de acuerdo. Una lucha que se convierte en lucha de clase por cuanto las mujeres burguesas todavía no trabajan y no se ven afectadas por los cambios de los tiempos. Para la burguesía las mujeres son el escaparate del poder de los hombres (“La clase ociosa” T. Veblen) y lo que parece veneración y afecto por la mujer es ostentación y orgullo de clase. Las mujeres acaba ellas mismas siendo objeto de ostentación en la institución de “la querida” que todo buen burgués no podía soslayar. El sufragio fue una de las piedras de toque de esta lucha desigual (cuidadoras contra guerreros) y no se alcanzó hasta que los políticos conservadores se dieron cuenta de que el voto femenino les convenía dado su natural carácter conservador. Fue la pauta a seguir por la “cesión” de los privilegios del hombre en favor de la desfavorecida mujer: “todo debe cambiar para que todo siga igual” (Conde de Lampedusa).

La lucha cambió las reglas del juego del amor. El pacto tácito universal se pasó a negociar como pacto laboral particular en cada caso y en cada casa. A la entrada de la mujer en el mercado laboral sucede una relajación de la moral sexual pues, como “el roce hace el cariño”, las relaciones laborales amparan las relaciones sexuales extramatrimoniales. La mujer entra en el mercado sexual no exclusivamente como objeto sino como sujeto. Nada hubiera sucedido sin la píldora anticonceptiva que separa nítidamente el acto sexual procreativo del recreativo. El cambio en el estatuto laboral de las mujeres afecta a los abuelos que retoman una segunda pater/maternidad. Pero todo lo que va de la revolución sexual de los ’70 hasta hoy merece un relato detallado que no haré ahora, pues las riendas del amor y del sexo las han tomado los jóvenes de ambos sexos en una alianza inédita que -parapetada en la barrera que suponen las nuevas tecnologías y las redes sociales- han tomado a la generación anterior como el referente del que hay que deslindarse. La liberación de la mujer se superpone a la liberación juvenil y no precisamente para mejorar.

El desgarrado. Abril 2026. 




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