| » 22-09-2026 |
Inicio aquí el análisis de las mentes de hombres y mujeres como distintas. Con ello no quiero establecer jerarquías sino fijarme en lo distintivo en la firme convicción de que hombre y mujer son complementarios para la tarea fundamental que es la construcción de la especie. Es conocida la posición de Alexander (siguiendo a James) de que la evolución no construye la especie sino el individuo. De acuerdo, pero el individuo construye la especie, no a través de la evolución sino a través de la comunión de las mentes individuales: la sociedad. El organismo multiindividual en que consiste la sociedad se sitúa al margen de la evolución que es un mecanismo de integración de la experiencia en los genes (y por tanto transmisible) con el coste doloroso de la desaparición de los peor adaptados.
La función principal de la inteligencia individual es la de simular el mecanismo de prueba y error de modo que no se sacrifiquen organismos sino posibilidades. Un mecanismo de supervivencia que se basa en la supervivencia selectiva es poco eficaz. Seleccionar la estrategia en vez del individuo es un mecanismo mucho más "supervivencial". Las emociones fueron el motor que inició la sustitución del mecanismo de prueba y error en lo real por su homólogo en lo mental. Luego llegó el lenguaje, la memoria no genética (la cultura) y la decisión (el libre albedrío) conformando la inteligencia individual, y ahí se acabó el recorrido del individuo. El tamaño del cerebro había encontrado su límite (el canal del parto) y se impuso otra forma de mejorar las prestaciones cerebrales sin aumentar el tamaño: la mejora de la funcionalidad: primero la inteligencia individual y después el multiindividual organismo social: la comunión de las mentes.
Las emociones son tan antiguas como el sistema nervioso (¡no el cerebro, el sistema nervioso!) y evolucionaron no buscando un fin (la evolución no es finalista) sino mejorando la supervivencia. Nuestros primos simios ya fueron profundamente sociales pero les faltó el lenguaje que pusiera en comunicación las mentes y creara el cerebro simbólico, tampoco tenían el cerebro suficientemente desarrollado, ni una memoria cultural que les permitiera el aprendizaje por instrucción. Por último no tuvieron la presión del canal del parto para abandonar el crecimiento del rendimiento del cerebro por el tamaño y adentrase en su rendimiento procesal/funcional: la inteligencia. Resolvieron la comunicación con un lenguaje corporal envidiable y establecieron instituciones sociales: la familia patriarcal, la política, el aprendizaje por gratificación, el intercambio de hembras, el sexo como mediador social, cuyo rastro ha perdurado en nuestra especie. El recorrido social empezó hace millones de años sin saber a donde se dirigía. Los insectos sociales nos muestran como lo social y el lenguaje (la comunicación) se implican el uno al otro. Lo social es -por encima de todo- la comunicación de las mentes.
Y de eso trata la familia nuclear el "invento" del homínido para sobrevivir. Cuando el cerebro alcanzó un determinado tamaño (se aproximó al calibre del canal del parto, la primera medida fue adelantar el parto (menos tiempo de gestación, menos cabeza). La cría nacía cada vez más inválida y cada vez más necesitada de cuidados los que finalmente alcanzaron a los 4-5 años, lo que supuso que la carga genética del neonato disminuyó drásticamente (en un cerebro inmaduro) y el aprendizaje sustituyó al instinto gradualmente. Entre una cosa y otra la infancia se prolongó drásticamente (neotenia). Para acometer este panorama la pareja debía construir una sociedad estable en la que -mediante la división del trabajo- se pudiera atender a las necesidades del infante. EL hombre se encargó de la defensa y alimentación y la mujer del cuidado y de la instrucción del pequeño (aparte de gestarlo y parirlo). Esta división del trabajo ya estaba preformada en las mentes de cada uno de ellos pero tomaba así carácter formal: la familia nuclear. Se trataba de una microsociedad que había requerido cambios profundos.
De entrada el fin de la familia patriarcal (de un solo macho dominante que fecunda todas las hembras) y la práctica consecuente del infanticidio por cambio de jefatura. Incluso es posible que acabara con el enfrentamiento a muerte de los machos mejorando la convivencia social. Como consecuencia, la democracia sexual: todos los machos pueden formar pareja lo que propició el aumento de la población a lo que ya había ayudado el celo perpetuo. El sexo deja de ser instinto para convertirse en recreativo (gratificación) y surge el vínculo amoroso (hormonal), un sistema de atracción irresistible (mecanismo que ya había iniciado la adquisición del lenguaje zafándose de la genética) entre los cónyuges, que afianza su unión. Como las tribus son patrilineales (son las hembras las que cambian de grupo al llegar a la edad fértil), la riqueza acumulada pasa a ser patrimonio de la familia, obviamente dirigida por el macho dominante.
Porque el nomadismo se acaba con el fin de la glaciación (15.000 años antes), las praderas florecen y se inicia la agricultura y la ganadería (por las mujeres), y en consecuencia la acumulación de excedentes, mientras los hombres se dedican a la caza y a la rapiña. Todo contribuye a que los grupos se hagan cada vez más numerosos, pues la familia nuclear permite tener un hijo cada año (y no cada cinco como ocurre con los grandes simios para los que la crianza es cuestión exclusiva de la hembra). La liberación de las manos propiciada por el bipedismo había permitido desarrollar la habilidad manual y la construcción de herramientas y armas. El humano había perdido sus armas naturales (colmillos, quizás garras) -demasiado localistas- en beneficio de armas específicas, dada su adaptación a todos los entornos. Con un cerebro que -de la mano de la talla de piedras- se adentra en la estrategia, y el proyecto antes de acometer su talla, y con las armas producto de esa talla, la rapiña es inevitable para un homínido más bien agresivo. Y así empieza la carrera armamentista: en la dialéctica de las armas ofensivas y defensivas.
Las mujeres cuidan de los niños, de los sembrados y del ganado mientras observan la naturaleza, descubren sus ritmos y sus repeticiones y aprenden a preverlos. Cuidados que alcanzan a los remedios farmaceúticos -que recogen en sus batidas de recolección de bayas, frutos y raices- para heridas y males. Los hombres cazan y rapiñan en su papel de defender y de alimentar a la familia. Y esa división del trabajo -dentro de la familia nuclear- y esa diferencia entre la actitud cuidadora, conservadora y respetuosa de la mujer y la constructora/destructora, progresista y agresiva del hombre, es la primera gran diferencia mental entre ellos que por lo demás resultan perfectamente complementarios desde el respeto y la colaboración. Pero el vínculo amoroso no es capaz de contener las dos individualidades, las dos distintas mentes que caracterizan a los componentes de la familia nuclear más allá del periodo de cianza. Sin embargo, ese vínculo es el modelo por el que habrá de regirse la sociedad. La dopamina, la serotonina y la oxitocina no solo valen para vincular a hombre y mujer, también están disponibles para conformar la sociedad entera pero para ello hace falta que la comunión de las mentes mejore mucho. Continuará.
El desgarrado. Septiembre 2026.