» 28-09-2026

Señoras y señores 128-3. Dos mentes complementarias 3: Más sobre el cuidado.

El cuidado requiere de un vínculo previo. La evolución implementa este vínculo cuando la supervivencia está en peligro. Este vínculo es mayormente el maternal/paternal pues son los hijos los que en sus primeras etapas necesitan asistencia vital... y especialmente en nuestra especie en la que se prolonga años y se caracteriza por ser vital, intelectual y social. La necesidad del vínculo depende de las estrategias de supervivencia de cada especie y por tanto son muy variadas y en ningún caso generales para la vida. En cada especie se concretan de acuerdo a circunstancias variadísimas. En muchas especies el vínculo recae en la madre por lo que el vínculo paternal solo está presente en determinadas especies. En la nuestra, la familia nuclear, restaura ese vínculo -que en los simios había desaparecido- pero no con la misma intensidad para ambos género. Con la cuarta revolución de implementación de lo social, el vínculo se generaliza más allá de los hijos, primero a los hijos de los demás y posteriormente a todos los miembros del grupo requeridos de cuidados por su vulnerabilidad o necesidades especiales: enfermos, y ancianos. No es que surja con la revolución, sino que se institucionaliza. 

En la madre de nuestra especie, el vínculo es genético (instintivo), anterior incluso a la familia nuclear, pues lo heredamos de los simios. En el padre, el cuidado, dimana -mayormente- de consideraciones de segunda instancia (intelectuales y sociales). Pero el cuidado es decisivo para la construcción de la mente femenina, pues la conforma. Mientras el hombre se orienta hacia la especulación, el logos, la construcción de un mundo nuevo (y la destrucción inevitable del antiguo) la mujer se orienta al cuidado, la conservación, la integración y el respeto. Se afana en no remedar el trabajo de la naturaleza sino en recogerlo y conservarlo, se integra en ella. Para un hombre agresivo, competitivo, constructor/destructor y llamado a grandes empresas, que le permitan la trascendencia a la inmortalidad, el cuidado tiene un valor residual, por no decir opuesto a su destino. Podemos perfectamente hablar de dos mentes diferenciadas masculina y femenina: la agresiva, constructiva/destructiva, intervencionista, progresista, trascendente, del hombre, y la cuidadora, conservadora, respetuosa, conciliadora, integrista, de la mujer. El soldado (que mata) y la enfermera (que da la vida). ¡La dialéctica de la guerra!

El cuidado se aprende -por parte del niño/a- tal como se aprende todo en los primeros años: por imitación, mediante las neuronas espejo. El niño/a experimenta que ambos cónyuges subvienen a sus necesidades cuando estás se suscitan: comida, comodidad, consuelo, cariño, ablación del dolor, compañía, atención, etc. y -en contra de sus sentimientos egoístas individuales- va construyendo la idea de cuidado: compartir, ayudar, consolar... en un sistema de reciprocidad necesaria (justicia). No en vano el sentimiento de justicia es el primer sentimiento abstracto que surge en el niño/a. A esa forma de aprendizaje se unirá después: el juego con sus amigos y hermanos (iguales) y la gratificación, la recompensa. El cariño forma parte del aprendizaje, de todos los procesos que deberá aprender porque no son genéticos aunque se puedan hallar trazas en su ADN. Pero -sea por una excesiva exposición a los estímulos o por una deficiente capacidad de reacción- se puede dar un déficit que causa angustia y que es compensado mediante los mecanismos de negación, represión, regresión y proyección, habituales en nuestra mente. Y esa angustia le producirá estrés (apego inseguro). 

Pero debemos explicar el mecanismo del estrés: una forma fallida de gestionar la disponibilidad de reaccionar al peligro. Ante éste, el organismo se dispone a actuar de forma violenta: aumentar el ritmo respiratorio, dilatar los vasos sanguíneos, movilizar glucosa, etc.; y por otro lado cortar el suministro a las actividades que resultan innecesarias en la situación de peligro: digestión, modo por defecto, inmunoactividad, etc. y ello lo hace a través de hormonas en la sangre, fundamentalmente adrenalina. Pero en una situación social no siempre esa respuesta violenta es aceptable y en muchos caso se tiene que aguantar el chaparrón sin responder mecánicamente. Las hormonas se quedan bagando por el flujo sanguíneo sin haberse consumido en la acción. Y aquí interviene el cortisol que es la hormona que contrarresta a la adrenalina. 

Si esta situación se repite a menudo la presencia de adrenalina y cortisol en la sangre se hace crónica: el organismo debe deshacerse de esas hormonas igual que se deshace de los microorganismos invasores en la llamada respuesta inmunitaria, (en una situación llamada inflamación: calor + rubor + tumor + dolor) porque su presencia continua en la sangre es equivalente a la de una invasión bacteriana. Y la respuesta inmune se desencadena, en este caso, atacando a sus propios contingentes (reacción auto-inmune). Recordemos que durante el peligro se había interrumpido la función inmunológica por lo que la cronificación (reiteración) de la situación supone una activación y desactivación continuada del sistema inmunológico. Total: indistinción entre los buenos y los malos, activación y desactivación del sistema inmunológico, cronificación, agotamiento, etc. producen una desorientación en el sistema inmunológico que ataca indiscriminadamente (extiende la inflamación) por todo el organismo.

El cortisol -por su parte- altera la glutamina y abre huecos en la pared intestinal (destinada a contener y filtrar los posibles invasores) dando lugar al "intestino irritable" que es la aparición en el flujo sanguíneo de microorganismos y partículas de alimentos y toxinas que inducen al sistema inmunológico a actuar. La suma de todos estos desajustes se extiende por todo el organismo alcanzando el cerebro y cronificando la inflamación (el estado local de lucha inmunológica) y extendiéndose a todo el organismo. Y esta es la situación de estrés que se ha desencadenado en el  cerebro del niño/a  por causa de la angustia dimanada del "apego inseguro". Es decir: las deficiencias en el cuidado pueden producir reacciones auto-inmunes (tal como la descrita) a través del estrés. Y no olvidemos que a pesar de que los cuidados corren a cargo mayormente de la madre, son percibidos -por el niño/a-como cometido de ambos cónyuges. La importancia de la falta de colaboración del padre en el cuidado de los hijos se materializa en disfunciones crónicas. 

Con esto quiero enfatizar que "la rebequita" ese gesto de las madres para promover el confort de los hijo/as que ha sido tradicionalmente objeto de mofa, cobra una importancia crucial en el desarrollo del niño/a -más allá de la carencia de confort- significado en "el apego inseguro". El cuidado es capaz de cimentar un sistema de pensamiento (meta-ético, en vez de meta-físico) con características propias. Si tradicionalmente no lo parece es por la labor de desacreditación que ha emprendido el hombre contra las características femeninas (emoción, cuidado, conservación, respeto, diálogo social, paz, etc.) frente a las masculinas que se han erigido en estándares de bondad. Decir que la mujer es i-rracional -a juzgar por los logros de esa racionalidad: la guerra, la agresión, el militarismo, el fascismo, la política de partidos, el superhombre, la vida eterna, el calentamiento global, la competencia desmedida, la muerte cardio-vascular, etc.)- se debería entender como un halago, o -como mínimo- como lo entiende nuestro cerebro: algo tan válido como su contrario.  Otro pensamiento es posible y -desechado el masculino- ¡solo queda el femenino!

El desgarrado. Septiembre 2026




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