| » 11-04-2026 |
Con la falta de inmediatez que me caracteriza veo esta serie de 7 temporadas de Netflix estrenada en 2015 sobre una novela de Redmon. Las aventuras de una madre divorciada de 40 años tratando de reincorporarse al mundo laboral editorial da lugar a una amplia reflexión en primer lugar sobre la mentira, después sobre las diferencias generacionales entre milenials y las generaciones que les precedieron y -en general- sobre los absolutos: los mantras sobre los que asentamos nuestra manera de ser humanos, de género, de generación y de relación social. Las tesis principales pierden gran parte de su vigor para el público latino que no entiende la mentira como la perversión con que se la toman los sajones. Pertenece a ese tipo de comedias en las que la amabilidad es la norma y en las que el mal no está perfectamente caracterizado sino que se produce -muchas veces- sin que medie intención alguna de perpetrarlo. Verdad es que los protagonistas principales son buenísimos (en intención) pero vectores de la maldad circunstancial, dado lo patoso de sus intervenciones… lo que parece ser la tesis de la autora de la novela sobre el género humano: no somos malos, somos torpes. Y aún más: hagamos lo que hagamos nunca será a gusto de todos, es decir: lo correcto no existe. Por supuesto se pasan la película disculpándose y diciéndose que se quieren, en esa pedagogía de la convivencia que se ha hecho norma en el cine USAno. La vida es un caminar… no siempre en la dirección correcta.
“El diablo se viste de Prada” presta a esta aventura su amabilidad y el personaje de la directora -un terrón de azúcar envuelta en adustez y exigencia- y la inocencia casi bobalicona de su protagonista. Los personajes secundarios son eficaces y potentes (más las mujeres que los hombres) y el amor está tan en el aire que -a veces- se asoma al culebrón. La desorientación es la norma en estas mujeres que tiene auténticos problemas para encauzar su vida amorosa. El guión funciona a tirones sucediéndose los giros intensos con momentos de inanidad que -si bien preparan los nuevos giros- se estancan en descripciones tediosas. El escenario es Brooklin (y otras zonas de NY) como reivindicando que existe algo más que Manhattan, hasta el punto de que a veces parece publicidad turística promocional. Como en todas las series de TV el enlace de escenas se produce mediante la inevitable foto de la fachada de la residencia de los protagonistas, alternada aquí con algunos edificios o enclaves significativos de NY como el Flammarion, el edificio Chrysler, la estatua de la libertad o el Central Park. A mi modo de ver pertenece a ese tipo de películas como “Shakespeare in love” o “Long shot” (“Casi imposible”) -quizás “Pretty woman” más parecidas a cuentos infantiles que a la cruda realidad, pero que -por otra parte- resultan enormemente entretenidas y gratificantes: puro entretenimiento. Pero lo que me parece diferencial es la carga de filosofía que transporta, que no por ligera resulta menos interesante. Y al decir ligera quiero decir: tanto falta de profundidad como poco vertebradora del discurso. Un poco de todo y mucho de nada, como corresponde al entretenimiento.
Para los españoles y -por extensión- para los latinos, el engaño es un derecho de los oprimidos en contra del poder, en una sociedad en la que las diferencias de oprimido y opresor son muy marcadas y poco flexibles. España (e Italia, aunque no me corresponde a mí decirlo) es un país de pícaros, de desgraciados que se buscan la vida en situaciones que desdibujan su dramatismo merced a esa picaresca plena de humor, en la que David vence a Goliat. No es así para los anglosajones que consideran la verdad como la virtud máxima e imprescindible en la relación social. Para nosotros, que un político mienta es lo normal, lo que haríamos nosotros en su lugar. Para ellos es la peor de las transgresiones puesto que el poder lleva consigo la obligación de veracidad. Cuanto hay en esto de hipocresía es cuestión que cada uno debe analizar. Mentir es para los USAnos peor que robar. ¿Por qué? ¿Es la relación social un juego de suma cero? Es decir: lo que pierde uno lo gana el otro o existe un margen de apreciación personal que marca una diferencia entre lo objetivo y lo subjetivo. Toda relación social tiene dos caras: defensiva y ofensiva. ¿Son exactamente equivalentes utilitariamente: todo lo que es ganancia para uno es pérdida para el otro? Llorar, reír, aplaudir, engañar pueden ser tomadas como defensas o como ataques. El bebé pronto aprende que el llanto no solo es desconsuelo, petición de ayuda y liberación de una tensión incómoda. También es un medio de influir en la voluntad de la madre -incluso de chantajearla-. Uno puede reírse “con” otro o “de” otro, puede ser gratificación o agresión. Entendemos el aplauso como expresión de admiración pero ¿no es también liberación de la tensión emocional a la que hemos estado sometidos durante la interpretación? Es decir: ¿no es beneficioso para ambos? Mentir es también una forma de no ofender de no soliviantar al otro. ¿Tiene esa forma de respeto convivencial que ser tomada como injuria? ¿Se puede robar cuando lo que está en juego es la propia vida? y ¿matar en legítima defensa? ¿Puede una madre mentir sobre su edad para proveer a su hija de medios de vida? En la serie -y dentro de la relación de pareja- se suscita continuamente la conveniencia de retrasar la verdad a un momento más conveniente. Incluso la importancia de que si se desvela el engaño lo sea por el propio engañador, pues se supone que si se entera por terceros se añade un ridículo accesorio que agrava la situación. Pero también se plantea que tras un gran esfuerzo por poner la verdad en juego el otro no de la importancia a la mentira que podría suponerse. Y la pregunta definitiva: ¿la relación de pareja se basa en una transparencia total?
Está claro que los sajones se han metido en un lío del que no pueden escapar y por eso, por que les preocupa, hacen series sobre ello, Mientras nosotros -desde este lado del charco- tratamos de comprender por qué le dan tanta importancia a la verdad absoluta, sin fisuras. Una verdad que se desmorona si tiene la más mínima falla. La confianza es necesaria en la pareja… y en todo, pero la pregunta es: ¿es “absolutamente” necesaria? A este problema se le podría llamar “la ampliación del principio de contradicción”. En lógica (que viene de logos, nuestra forma racional de pensar) si un argumento tiene un único fallo queda invalidado. Pero la ampliación de este principio a lo que no es absoluto, a lo que solo es probable, posible, tendencia, humano en definitiva, es una aberración. Aplicar el principio de necesidad (aquello que se cumple en todos los casos) a las relaciones personales y sociales, es como decir que todos los humanos somos iguales, clones, exactos. No me imagino el amor si todos fuéramos iguales. Sería igualar el amor a la masturbación. Narcisismo. La confianza no es un absoluto es un grado. Grado que se puede tasar a gusto del usuario, pero que convertir en absoluto es necio, imposible, inviable. Somos imperfectos y solo la intención puede ser absoluta, la conducta, definitivamente, no. Podemos pactar con nuestra pareja cuantas infracciones son admitidas, pero exigir la perfección es obligarnos a nosotros mismos a esa misma esclavitud. Y todo ello sin entrar en la dulce sensación del perdón, de la reconciliación. El perdón es el poder supremo. Perdonar es regalar, es no pedir nada a cambio, es amor. Estamos demasiado instalados en nuestra individualidad y en nuestros derechos. Las relaciones personales no son matemáticas, no se pueden medir por la exactitud. Un margen de holgura es necesario. De qué tamaño sea ese margen marcará la diferencia entre la grandeza y la estupidez.
La cuestión generacional no es tratada con rigor geométrico. La cuestión generacional existe desde siempre. Generación tras generación el mundo ha contemplado como los nuevos se ven obligados a deslindarse, a diferenciarse, adoptando todo tipo de novedades en su hacer (vestido, música, lenguaje, costumbres) y pensar (es decir: justificar todo lo anterior). Al final la ontogenia repite la filogenia y la modernidad frente a los anteriores se convierte en reacción ante los posteriores. La modernidad como la juventud es una enfermedad que se cura con el tiempo (o una salud que se agrava). En la serie ya no se cuestionan las redes sociales. Son plenamente admitidas como parte integrante de la sociedad. Ni siquiera se cuestiona el enorme error que ha sido entregar todos los datos privados al Gran hermano. Las cosas son así y punto. Para los milenial el feminismo no existe porque el género a explotada en tantas variedades como consonantes tiene el LGTB… Los problemas en las relaciones no son específicos de hombres y mujeres sino de tendencias y de opciones. El poso que ha quedado del feminismo es el acoso, el techo de cristal, los roles de género y el “que grande ser joven”, es decir los problemas del feminismo pero reconvertidos a problemas sociales como si el género hubiera desaparecido disuelto en las nuevas formas de sexualidad. Los mismos perros con distintos collares. Las mujeres beben, trabajan, usan del sexo y adoptan papeles masculinos. ¡Problema resuelto!
El mundo editorial es retratado como un campo de batalla en el que la lucha por el éxito es feroz y encarnizada. El desfile de proyectos editoriales da lugar a que se muestren tendencias femeninas entre lo extravagante y lo depredativo, pero ilustrativas en su minimalidad expresiva. En definitiva: una serie para pasar un buen rato, sobre todo si piensas que el problema de la sinceridad es universal. El tipo de relato que propone Redmon implica situaciones de confusión, desconcierto o incertidumbre -por parte de los actores- que solo pueden expresar mediante gestos sutiles. Sutton Foster es una maestra de contención y expresión en este tipo de situaciones. En particular su labor actoral es notable en su forma de besar, de una ingenuidad y una entrega rara en el medio. Si su físico no da para creerse su edad sus actitudes de pareja son propias de una veinteañera. Especial mención merece el vestuario. No era fácil vestir a una cuarentona disfrazada de veinteañera pero -sin grandes alharacas- el resultado es creíble. No es así en el caso de Hilary Duff cuyo vestuario es simplemente delirante hasta el punto que pasaría ella más fácilmente por cuarentona que su compañera. Recuerda a aquella serie “The Bold Type” en la que las tres amigas se repartían tres formas de vestir: elegante, moderna y delirante
El desgarrado. Abril 2026.