| » 2017-11-25 |
Señoras y señores 1. Introducción.
Durante siglos (milenios) la perspectiva con la que se ha acometido la dialéctica masculino-femenino ha sido la diferencia. Simple y llanamente el hombre era lo positivo y la mujer lo negativo. No hace falta (por la vergüenza que da) repetir, que grandes pensadores dijeran aquello de que la mujer era un ser de cabellos largos e ideas cortas, que se sentaba sobre su fortuna, u otras sandeces al uso. Y eso era lo que los grandes pensadores decían. En la calle reinaba otra ley. La solución moderna fue la igualdad, pero la igualdad (que tiene dos sentidos) se aplicó como que las mujeres debían ser iguales a los hombres. Desde su posición de legisladores y patriarcas la decisión no era discutible y las mujeres se afanaron en ser tan imbéciles como los hombres (imbéciles en el sentido peyorativo. Mis respetos a todos los imbéciles genéticos que ocupan cargos importantes en las administraciones del mundo). La igualdad no es la solución entre seres diferentes. La solución es la diferencia, pero no una diferencia mediatizada por siglos de estúpidas recetas machistas sino la diferencia que hace justicia a cada uno de acuerdo con sus condiciones. Aquí empieza la la indagación sobre esa diferencia.
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