Es difícil recordar algún periodo de la España seudodemocrática más convulso y más demagógico que el actual. Todos los políticos aprietan el acelerador para que la crispación sea lo más alta posible, y por supuesto, más alta que nunca. Si, por una parte, los ciudadanos están convencidos que los políticos son unos chorizos, por su parte, los políticos están convencidos que lo hacen de puta madre. Antes, la iniquidad daba lugar a las revoluciones o a Robin Hood. Ahora esa misma iniquidad da lugar al Brexit, a Trump, a Macron o a Rivera. Los ciudadanos -conscientes de que no pueden ir a la revolución- optan por el nihilismo, el recurso al pataleo, el joder a los demás (como: no votar, destruir el mobilirio urbano, organizar trifulcas de hinchas, etc.) sabiendo que se joden a ellos mismos. De momento estas posiciones autodestructivas (que tan comunes son, a nivel individual entre los adolescentes) “solo” han alcanzado a posiciones como el Brexit, la elección de Trump, el ascenso de la ultraderecha y la generalización del racismo y la xenofobia. Pero es una tendencia en alza. Los adolescentes se autolesionan y los adultos… también. Pero de otra forma.