Inicio aquí una nueva sección con vocación de perdurar más allá de lo efímero. Recogerá el material que eventualmente podría convertirse en un libro, pero que aparecerá en el blog como entregas periódicas. Solo el mercado determinará si ese libro verá la luz, en el caso hipotético de que los libros sigan existiendo cuando acabe esta reflexión. En cualquier caso, y como se publicaron las novelas de Balzac o Dumas, aquí tenéis la primicia de esta reflexión a la que estáis invitados a colaborar.
Los animales viven inmersos en el instinto. ¿Quiere ello decir que son máquinas al modo de Descartes? No. No es un determinismo ciego puesto que deja margen para que cada situación a resolver sea moderadamente distinta (circunstancias). Lo que soluciona el instinto son las grandes preguntas: ¿Quién soy?, ¿De donde vengo? ¿A donde voy? ¿Por qué estoy aquí? Preguntas ociosas para quien lleva impresas las respuestas en su esencia instintual y que podrían distraerle de su misión primordial: mantenerse vivo. Porque la esencia de la vida es la voluntad de pervivir, mantener la complejidad frente al medio simplificante. Mantener la estructura. Y no es fácil. Hay que robar energía al medio para que esa estructura, más compleja que aquel, se mantenga: metabolismo, supervivencia del más fuerte, reproducción, y en los casos más complejos: relación, educación, socialización, autoconciencia, etc.