| » 2024-08-20 |
Monólogos 3 El relato y la verdad.
Vivimos en un mundo de palabras. Quizás “hechos son amores” pero lo cierto es que estamos absolutamente inmersos en un mundo de palabras. Palabras que -en un ejercicio de candor absoluto -nos creemos a pies puntillas. Decimos" No me vengas con cuentos" pero en realidad los cuentos nos entusiasman. Y no solo al cine y la literatura sino los chismes y las aventuras: viajes, situaciones, embarazosas reuniones, anécdotas, etc. No exigimos mucho de un relato para que nos guste: que sea coherente, que respete la causalidad y que esté ordenado. Pero todo esto solo es la cuestión formal, el cómo está construido el relato. Lo que le pedimos además -y esto ya no es cuestión de forma- es que sea creíble, es decir, que se parezca a la vida, y sobre todo, que sea esperanzador, que nos muestre un futuro apetecible. Pero la reina del relato es la intriga: la intriga es la zozobra de lo que va ocurrir, la presencia necesaria de lo inesperado, lo original, lo raro. El modelo de todo relato es la novela policíaca. El relato no solo es literatura es también la forma de trabajo de muchísimas profesiones. El abogado construye un relato en el que su cliente es inocente y el juez lo acepta en nombre de la duda razonable. La ciencia también construye relatos -obviamente basados en hechos -pero en los que los huecos se rellenan con fantasía (le llaman física teórica). Pero los reyes del relato son los políticos. Ellos hablan siempre de un futuro esperanzador que vendrá de la mano de su gestión, pero que nunca aparece, por qué su misión -que sería convertir el relato en realidad- resta siempre incumplida. ‘Diletantes!
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