Otras veces os he hablado de Aaron Sorkin, ese judío militante, quijotesco y excelente hombre de TV y de cine, republicano al modo francés (la república como mucho más que un régimen político, como un modo de vida honesto y liberal) que defiende con denuedo el “politic system” como difícilmente separable de la democracia pero con un sesgo épico que, hoy, parece trasnochado. Sabéis que no comulgo con el otro gran judío del cine americano: Spilberg, porque me parece que es excesivamente moralista. La moral es manipulación. Spilberg no da opciones: habla desde el púlpito y desde allí dogmatiza. Y no estoy hablando de solvencia técnica o creativa sino de adoctrinamiento. Kubrick escrutó la vida buscando la verdad; Los Cohen deconstruyen al homo sapiens mostrándonos la enorme estupidez del género humano; Almodovar llena la reflexión de caspa cutre-estructural y, el para mí incomparable Scott, deja en manos del espectador la decisión moral sobre la historia que nos presenta. Todos son enormes cineastas y todos son postépicos (excepto los judíos citados, pero es que ser el pueblo elegido… marca). La influencia de Flaubert (el microacontecimiento, la no-historia, las partículas, son detectables en todos ellos.